jueves, 2 de abril de 2009

China y la insoportable fortaleza del dólar americano

por Carlos Alberto Montaner - Fuente: elcato.org

El juramento de los reyes de Mallorca en la Edad Media incluía un asunto fundamental: los monarcas debían comprometerse a defender el valor de la moneda. Si el pretendiente no suscribía ese compromiso, no le rendían vasallaje. Pueblo viejo y sabio de comerciantes del Mediterráneo, hecho con fenicios, judíos chuetas y navegantes aventureros, sabía que con el dinero no se juega. No sólo es un modo insustituible de facilitar los intercambios, sino es un depósito de valor para conservar el capital, y cada vez que un gobernante irresponsable genera inflación o acuña moneda alegremente, empobrece al conjunto de la población y le roba sus ahorros.

La historia viene a cuento de un artículo publicado hace unos días por Zhou Xiaochuan, gobernador del Banco Central de China. El angustiado funcionario, custodio de bonos del tesoro emitidos por Washington valuados en setecientos cincuenta mil millones de dólares americanos, pide que se cree una divisa internacional que sustituya a la moneda estadounidense. Le parece muy riesgoso confiar la solidez de la economía china, los ahorros nacionales tras quince años de monstruoso crecimiento, y hasta el valor del yuan, a la posesión de una montaña de papeles que pueden comenzar a perder valor vertiginosamente si EE.UU. continúa comportándose como una república bananera, incapaz de frenar sus gastos, entregada a la alegre emisión de moneda y al estímulo del crédito, sin un aumento paralelo de la producción y la productividad.

Como reza la irónica frase brasilera, el señor Xiaochuan tiene razón, pero poca, y la poca que tiene no le sirve de nada. Desde el punto de vista económico, China no es otra cosa que una gigantesca fábrica estadounidense situada en la otra orilla del Pacífico: una monstruosa maquila notablemente sofisticada. La rápida creación de unos sectores sociales medios que hoy alcanzan al 25% de la población, el progresivo aumento del salario de los trabajadores chinos, y la transformación de sus ciudades es la consecuencia de los vínculos comerciales con el mercado estadounidense. Para China, EE.UU. es mucho más que una enorme cantidad de bonos del tesoro estadounidense: es el elemento dinamizador de su sociedad, es el cerebro que decide la dirección en que se mueve el país, es la oportunidad de convertirse, como está sucediendo, en un actor principal del primer mundo.

En suma, EE.UU. puede vivir sin China, como ocurría hace apenas 20 años; pero China, si quiere mantener su ritmo de crecimiento, y hasta su estabilidad interna, no puede vivir sin EE.UU., porque no está nada claro qué sucedería si se produjera una súbita parálisis del comercio, de las transferencias tecnológicas y del espasmo occidentalizador que experimenta el gran país asiático. ¿Qué puede hacer China con su modelo de capitalismo salvaje, basado en exportaciones masivas, sin el voraz mercado estadounidense de 10 billones de dólares anuales (trillions, en lengua inglesa).

Es verdad que el comportamiento estadounidense en materia financiera es escandalosamente irresponsable y viola reglas básicas de la economía establecidas tras siglos de experimentación, pero mientras el país sea una democracia estable y predecible donde funcionan las instituciones de derecho y la presión fiscal sea menor que en otras regiones del primer mundo; mientras genere el 25% del producto bruto mundial, con apenas el 6% de la población; mientras sus redes comerciales y bancarias alcancen a todo el planeta; y mientras sus universidades y centros de investigación, vinculados a empresarios audaces, continúen modificando la realidad con innovaciones y hallazgos constantes, pueden actuar casi impunemente en la esfera económica internacional porque no existe otra opción mejor que el dólar.
Qué duda cabe de que el franco suizo, la libra esterlina y, sobre todo, el euro, son divisas respetables y libremente convertibles más seriamente manejadas que el dólar americano, ¿pero qué país emisor tiene la envidiable potencia económica, política y militar de EE.UU.? Por otra parte, dado el menor valor relativo de las propiedades inmuebles estadounidenses, comparadas con las europeas, sigue siendo más sensato y rentable mantener los ahorros en dólares que en las otras divisas, o invertir esos ahorros en EE.UU. o en sus instrumentos financieros, aunque estén manejados por aprendices de brujos, como se comprueba con la reevaluación del dólar en medio de la catástrofe, aunque haya sido provocada por las entidades de crédito estadounidenses.
Obviamente, Estados Unidos no va a complacer al señor Xiaochuan, y no va a acceder a que el Fondo Monetario Internacional acuñe una nueva divisa planetaria. No le conviene. EE.UU. puede comportarse irresponsablemente, pero sus autoridades no se succionan el pulgar. No suelen hacerlo.