miércoles, 18 de febrero de 2009

DISMINUIR LA POBREZA

Por Alberto Benegas Lynch (h) * - Tomado de LiberPress/ Revista NOTICIAS/ Sección Clases MagistralesLiberPress- Revista Noticias/ Buenos Aires, febrero 14 de 2009.




Hay plena coincidencia en todas las tradiciones de pensamiento en que debe disminuirse la pobreza. Desde los trsotskistas a los liberales hay pleno acuerdo en esta materia. Nadie en su sano juicio patrocina la miseria, el hambre y la desesperación. Solamente un cretino se regocija ante la pobreza ajena. Las discrepancias radican en los medios, no en los fines. Todos descendemos de las situaciones más miserables (cuando no del mono), es solo cuestión de ir para atrás en el árbol genealógico para constatar el aserto. Los sistemas hacen la diferencia. La sociedad abierta estimula y facilita el aumento de la riqueza con sus marcos institucionales de respeto a los derechos (y no digo “derechos humanos” porque es un pleonasmo grotesco ya que las plantas, los minerales y los animales no son sujetos de derechos y, por ende, no contraen obligaciones) . Sería de interés que las izquierdas volvieran a sus orígenes cuando peleaban contra el poder y los privilegios en lugar de reclamar la irrupción de la fuerza bruta a cada paso y en cada política. Al fin y al cabo el aparato estatal -el monopolio de la fuerza- es una ficción por la que se pretende vivir a expensas del vecino ya que ningún gobernante pone de sus recursos personales cuando declama la “ayuda” a otros. Habiendo dicho esto, conviene precisar que la pobreza es una noción relativa puesto que todos somos ricos o pobres según con quien nos comparemos. De lo que se trata es de eliminar las situaciones en donde se padece hambre, donde no se dispone del suficiente abrigo, donde hay quienes no pueden atender adecuadamente su salud ni la educación más elemental. Esto es la base pero sin duda se apunta a que todos mejoren y puedan disfrutar de posiciones con la mayor holgura posible. Pero henos aquí que es muy frecuente que las políticas gubernamentales -en nombre de los pobres y muchas veces usándolos- incrementan notablemente la pobreza al producir derroches de capital, precisamente, el factor clave para el mejoramiento en las condiciones de vida.Aumento de salarios Si observamos el mapa del mundo veremos que allí donde hay mayor inversión per capita los salarios en términos reales son más elevados. Cuando un pintor de brocha gorda de La Paz, Bolivia, se muda a Vancouver en Canadá para continuar con su tarea se observa que sus ingresos aumentan sideralmente, lo cual no se debe a que el empresario canadiense es más generoso que el boliviano sino debido a que la estructura de capital obliga al primero a pagar remuneraciones mayores. Por esto es que trabajos como el llamado servicio doméstico prácticamente no existen en lugares de altas tasas de capitalización. No es que el ama de casa no desearía contar con este apoyo logístico, es que las personas se encuentran empleadas en tareas de mucha mayor productividad y, por tanto, las retribuciones para las faenas domésticas se tornan imposibles de afrontar. En las campañas electorales se promete todo tipo de mejoras en los salarios e ingresos en general pero, lamentablemente, dichas mejoras no se pueden generar a través del decreto. Si fuera así seríamos todos millonarios. Por el contrario, el decreto que establece salarios superiores a lo que permite la tasa de capitalización conduce indefectiblemente al desempleo. Supongamos que mañana los gobernantes, en un rapto de intensa sensibilidad social, establecieran que los ingresos mínimos fueran de cuarenta mil dólares mensuales para todos y que el poder de policía no permitiera contrataciones bajo esa marca. El resultado indefectible sería que ese decreto condenaría a toda la población a la inanición. Por supuesto que los salarios mínimos no son de esa envergadura, pero en la medida en que supera la inversión por persona quedan sin empleo los que más necesitan trabajar. El gerente general, el gerente de finanzas, el gerente de personal no se enteran del problema a menos que el salario mínimo supere lo que ellos perciben en cuyo caso también engrosarán las filas de los desempleados. No hay alquimias posibles en economía. Si la estructura de capital se mantiene con dosis de ahorro suficiente para amortizar los equipos existentes, los salarios quedarán sin modificarse, si hay consumo o fuga de capitales los ingresos mermarán y si la tasa de capitalización crece, aumentarán los ingresos. Y para esto último es necesario contar con marcos institucionales civilizados y estables que garanticen los derechos de propiedad. Empresarios prebendarios En este contexto, uno de los más graves mal entendidos radica en el significado de la institución del mercado. He escrito antes sobre el asunto pero ahora lo quiero mirar desde otro ángulo. Seguramente también se debe a que nosotros los economistas no nos expresamos con la suficiente claridad. Siempre me ha parecido mejor que en lugar de quejarnos por qué la gente no acepta tal o cual idea, es mejor preguntarnos acerca de la razón por la que somos tan ineptos para trasmitir un concepto clave. Como tendemos a ser más benévolos con nosotros mismos que con los demás, esta técnica ayuda a hacer mejor los deberes y a pulir nuestro mensaje. Tal vez la confusión se acentúa cuando recurrimos a antropomorfismos, en este caso, al decir que el mercado elige, el mercado rechaza etc. Así puesto, parecería que el mercado es una persona cuando en verdad se trata de millones de arreglos contractuales que se suceden a diario. Es un proceso de votación donde la gente compra más de un bien que otro, se abstiene de adquirir un tercero y así sucesivamente con lo que va premiando o castigando a los distintos oferentes quienes, a su vez, al observar sus respectivos cuadros de resultados constatan si dieron en la tecla con los gustos de los demás vía las ganancias correspondientes o si se equivocaron en cuyo caso incurren en quebrantos. Este modo de operar va asignando los siempre escasos factores de producción en las manos más eficientes a criterio del público consumidor. No es que el empresario y el comerciante en general actúen por filantropía: buscan mejorar sus patrimonios y para ello, en una sociedad libre, solo le queda averiguar que prefieren los demás al efecto de poner manos a la obra. Como es sabido, dejando de lado la lotería y equivalentes, solo hay dos modos de enriquecerse: robando a los demás o sirviéndoles. En sistemas cerrados y autoritarios los burócratas del aparato estatal dictaminan quienes han de prosperar y quienes no lo harán y los empresarios se convierten en ladrones de guante blanco que expolian a la población a través de mercados cautivos y demás prebendas que obtienen en los despachos oficiales. Posiblemente los empresarios prebendarios sean los peores enemigos del liberalismo. Al aliarse con el poder político producen saqueos a la población y venden sus productos a precios mayores de lo que hubiera ocurrido en el mercado abierto, son de calidad inferior o ambas cosas a la vez. Son barones feudales, cazadores de privilegios y chantajistas profesionales. Esta preocupación de liberales se remonta a 1776 con Adam Smith quien incluso sospechaba de las cámaras empresariales puesto que consideraba que allí se “conspira contra el público”. Es que el empresario se comporta como un benefactor de la humanidad cuando se lo pone en el brete del mercado pero se convierte en un experto en atracos cuando se le abren posibilidades de cerrar mercados en complicidad con el aparato estatal.Soberbia e ignorancia Como decíamos, lo interesante del proceso de competencia antes referido es que al aprovecharse los recursos en un contexto de marcos institucionales en los que se protegen derechos, se maximizan las tasas de capitalización con lo que los salarios e ingresos en términos reales se incrementan. La diferencia de sistemas es lo que hace que resulte distinto vivir en Australia o en Uganda. No es un tema de recursos naturales o de geografía, Japón es un cascote que solo el veinte por ciento es habitable y Suiza no cuenta con recursos naturales a diferencia de África que concentra buena parte de los mismos. Es un asunto de “las cejas para arriba”, de plasticidad neuronal y de comprensión de principios e incentivos que destapan la olla de la energía creativa en lugar de perseguir y ensañarse con los productores. Cuando los funcionarios públicos, en lugar de dedicarse a la seguridad y a la justicia pretenden intervenir en las operaciones comerciales indefectiblemente se producen derroches de capital que siempre conducen a una mayor pobreza. Y no es que quienes trabajan en los gobiernos sean malos y los que operan en competencia son buenos, se trata de que las personas en el “spot” manejando lo suyo contribuyen a la coordinación de información que por su naturaleza es dispersa y fraccionada. Por el contrario, la concentración de funciones distorsiona precios y resta la información necesaria la cual no existe antes de que los operadores procedan en sus respectivos ramos. De allí es que aparecen faltantes y sobrantes. La panificación estatal constituye una presunción del conocimiento basada en la soberbia de quienes pretenden sustituir a los interesados en el delicado mecanismo que se teje con los antedichos millones de arreglos contractuales a través de miles de empresas que operan simultáneamente en franjas horizontales y verticales. Y cada vez que tiene lugar una medida de política económica que se traduce en despilfarro se afecta a todo la comunidad pero muy especialmente a los más pobres puesto que sobre ellos recae con mayor peso el consumo de capital a través de una reducción de sus salarios. En este sentido, es de interés anotar que los que sufren con mayor intensidad los gravámenes son paradójicamente aquellos que nunca vieron una planilla fiscal. Son contribuyentes de facto que ven reducidos sus salarios debido a que en otras áreas los contribuyentes de jure se deben hacer cargo de impuestos mayores.Impuesto progresivo Esto se ve caramente con las repercusiones del impuesto progresivo, que, a diferencia del impuesto proporcional, la alícuota crece a medida en que crece el objeto imponible. Esta forma de gravar bloquea severamente la movilidad social puesto que dificulta el ascenso y descenso en la pirámide patrimonial convirtiendo la situación en un sistema feudal en donde el que nace rico muere en esa condición y el que nace pobre deambula en la pobreza toda su vida en lugar de abrir las puertas para que el que sirve a sus semejantes y está ubicado en la base de la mencionada pirámide pueda subir con la velocidad necesaria y el que está en el vértice y es un inútil baje lo más velozmente que las circunstancias permitan. Incluso el impuesto progresivo tiende a constituirse en un privilegio para los ricos ya que, por ejemplo, en el caso de los impuestos a las ganancias, tienen ya protegido su patrimonio frente a los que trabajosamente intentan el ascenso. Por otra parte, la progresividad en realidad se convierte en regresividad ya que, como queda dicho, quienes están en el margen deben sufragar la carga a través de menores salarios como consecuencia del recorte en las tasas de capitalización debido a los mayores impuestos que recaen sobre los más productivos. Es curioso que se quiera aumentar la productividad y, simultáneamente, se castiga más que proporcionalmente a quienes realizan contribuciones más jugosas. Por último, el impuesto progresivo altera las posiciones patrimoniales relativas con lo que el despilfarro se acentúa. Esto es así debido a que la gente pone en evidencia sus preferencias al comprar o abstenerse de hacerlo con lo que va asignando recursos en las manos que estima le proporcionan mayores beneficios y, cuando pasa el rastrillo fiscal resulta que se alteraron las previas indicaciones. Este efecto, de más está decir, no ocurre con tributos proporcionales en cuyo caso los que más tienen o gastan pagarán sumas mayores sin distorsionar la asignación de factores productivos. Vulgaridad y cultura Uno de los lamentos más frecuentes que se endilgan al funcionamiento del mercado es que constituyen una expresión de vulgaridad y baja calidad. El mercado es un instrumento, un mecanismo por el cual se trasmiten los deseos y las preferencias de la gente. No está sujeto a juicio moral del mismo modo que no lo está la luz eléctrica o las mareas. En el caso considerado todo depende de la estructura axiológica de las personas involucradas. No puede reprenderse al mercado del mismo modo que no se reprende a internet cuando se envían correos inconvenientes. Se dice que la entronización del mercado ha producido la cultura del dinero y no de la excelencia. Pero ¿de que otra manera puede establecerse un sistema de votación diaria y, sobre todo, segmentada y no en bloque para conocer las preferencias de la gente? ¿O es que se insinúa que un puñado de iluminados debe marcar las pautas apoyados en las botas del aparato estatal? En esta misma línea argumental habitualmente se exhibe como ejemplo el deporte profesional que se dice decae debido a que se ha comercializado. ¿En base a que parámetros se llega a semejante conclusión? Se dice que el dinero degrada y prostituye el trabajo. ¿Diríamos lo mismo de la ciencia? ¿El científico que cobra por sus tareas se corrompe? ¿Debería hacerlo por amor al arte? ¿También los aristas del teatro y el cine? Nada impide que un escritor publique libros gratuitamente o que el cirujano opere sin cobrar pero no nos quejemos si la calidad de las cirugías disminuyen al pretender el establecimiento de un sistema por el que el profesional de marras deba vivir del aire. Las quejas más comunes respecto a esa institución suelen aludir al “fundamentalismo de mercado” sin percibir que es equivalente al “fundamentalismo de lo que quiere la gente” ya que, insistimos, se trata de millones de arreglos contractuales que cotidianamente ponen de relieve las prioridades crematísticas de los consumidores. Y lo relevante del asunto es que los compradores más débiles, como una consecuencia no buscada, reciben fortaleza de los que más poseen vía las tasas de capitalización que se maximizan al abrir a la competencia la asignación de los factores productivos a las áreas y sectores más eficientes. Por esto es que no resulta apropiado aludir al “darwinismo social” ya que, a diferencia de la evolución biológica, en una sociedad abierta la evolución cultural, como queda expresado, hace que los más fuertes trasmitan su fortaleza a los más débiles a través de las inversiones. Monopolios y publicidad También resulta atingente destacar aquí que las situaciones de monopolio privadas o estatales son siempre perversas debido a que los gobernantes las apañan con lo que inexorablemente el consumidor debe absorber costos mayores. Pero si el monopolista surge sin apoyatura estatal de ninguna naturaleza quiere decir que se ofrece la mejor situación de todas las variantes posibles, de lo contrario sería tan estúpido como decir que el primero que inventó el arco y flecha debe ser combatido hasta que exista el segundo oferente (¿?) y así con el descubrimiento de antibióticos, equipos de computación etc. Se dice también que la publicidad obliga al consumidor a la adquisición de bienes “que en verdad no necesita”. Solo se percatan de la trampa quienes se consideran de un nivel de inteligencia superior y que subestiman al prójimo y denuncian el fraude, sin percibir que si fuera cierto lo dicho, con suficiente publicidad si podría retornar al monopatín en lugar del automóvil y a la luz de las velas en lugar de la electricidad...y con precios más elevados. Una cosa es la influencia de la publicidad (con esa idea se lleva a cabo) y otra es pretender la determinación, del mismo modo que el abogado intenta persuadir al juez de la razón de su cliente pero no lo compele al fallo, con el agregado de los gastos enormes en aquél rubro que acompañan a fracasos estrepitosos en la venta del producto anunciado. No está al alcance de los mortales la perfección, se trata de minimizar costos y problemas. Es hora de abandonar las bravuconadas de funcionarios despóticos que bajo la excusa de la fabricación del “hombre nuevo” hacen que todo desemboque en el cadalso. Es muy frecuente que los funcionarios estatales pretendan entrometerse en los resultados que produce el mercado, es decir, en lo que se ha dado en llamar “la distribución del ingreso” como si se pudiera escindir del proceso de producción. Genera intensa hilaridad el observar discursos de megalómanos en funciones de gobierno que repiten libretos dictados por los genuflexos del momento sobre los menesteres más absurdos con la intención de impresionar al público (a veces memorizando expresiones mal pronunciadas en inglés), pero no se dan por aludidos de la ignorancia enciclopédica que exhiben cuando pretenden la manipulación de todo mientras naturalmente se les escapa todo por todos lados.. Repartir la torta Vez pasada un banquero me decía que “lo importante es que la torta se produzca por métodos capitalistas y que luego el gobierno redistribuya”. En esa oportunidad le sugerí un ejercicio con sus propios honorarios suponiendo que a fin de mes los redistribuyan políticos y conjeturé que, en vista de ello, la producción de la torta sencillamente no tendría lugar. Aconsejo la lectura de trabajos de destacados intelectuales provenientes de las izquierdas que han recapacitado sobre estos temas como el de Steven Lukes titulado “What is Left?” que tiene el doble significado de que es la izquierda y que queda de la izquierda. Prestemos atención a lo que escribe el profesor Lukes: “aquellos grupos de izquierda que tratan fatigosamente de encontrar su propio lugar en el panorama político no saben ya muy bien en que dirección avanzar [...] ha nacido en el Este una izquierda antisocialista [...] A finales del siglo xx, a lo máximo que puede aspirar el ´socialismo real´ es a haber producido una economía de comienzos de siglo y un orden injusto y coercitivo”. Y en la misma línea se expresa Giancarlo Bosetti, Sub-Director de L´Unitá en el sentido que “La izquierda no es ya o, en todo caso, no puede continuar siendo cosas como estas: la planificación centralizada, la abolición de la propiedad privada, el colectivismo, la supresión de las libertades individuales, la pretensión de enderezar el ´leño torcido´ kantiano, de plasmar al hombre y la sociedad de acuerdo con el proyecto elaborado por una vanguardia intelectual”. Personalmente, me siento más cerca de este tipo de intelectuales que los que la juegan de liberales pero que son anémicos de biblioteca y de imaginación y que cuando están cerca del poder no hacen más que cavar la fosa de la tradición de pensamiento a la que dicen pertenecer. Estas reflexiones muy sesudas de quienes provienen de las izquierdas más extremas resulta que terminarán dando medulosas lecciones, por ejemplo, a dirigentes de Estados Unidos que han perdido por completo la brújula y han conducido a ese país a un zafarrancho estatista que venían de mal en peor envueltos en astronómicos gastos públicos, endeudamiento gubernamental, déficit fiscal, asfixiantes regulaciones y “salvatajes” para los que concentran más poder de lobby en detrimento de los que menos tienen. También sirve de lección para los tilingos de siempre que pretenden medidas socialistas “para salvar al capitalismo”.