miércoles, 25 de febrero de 2009

Los 10 años “mejores” de Chávez

por José Luis Cordeiro.

Hugo Chávez ya lleva más de una década en el poder. Ningún presidente venezolano desde los dictadores de antaño, pasando por Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez en el siglo XX, había estado tanto tiempo continuo en el poder. Esto de por sí ya es malo, y lo peor es que ahora se ha eliminado la obligación de alternancia democrática.

Durante los 10 años pasados, Venezuela ha recibido el mayor ingreso petrolero de toda su historia. Este gobierno ha dispuesto de casi 800.000.000.000 de dólares de Estados Unidos de América, aunque convertidos en bolívares (tanto fuertes como débiles, al tipo de cambio oficial o en el mercado paralelo) la cifra es todavía mucho mayor. Esa es una cantidad de dinero prácticamente inimaginable, cerca de 800 millardos de dólares; sin embargo, hoy el país está peor que hace 10 años.


La situación de Venezuela ha empeorado consistentemente durante los últimos años. Por ejemplo, en 1998, el número de homicidios rondaba la cifra de 5.000 al año, lo que ya era una cifra trágicamente impresionante. Una década después, durante el año 2008, alrededor de 15.000 ciudadanos fueron asesinadas en el país. En Caracas la criminalidad llegó a 130 homicidios por 100.000 habitantes, lo que ubicó a Caracas como la capital más peligrosa del mundo, recibiendo el tenebroso titulo de la “capital de la muerte” por algunas publicaciones internacionales. De hecho, en Venezuela se podría decir que existe una silenciosa guerra civil, pues ni en países con serios conflictos internos, como Afganistán e Irak, hay una fracción de los asesinatos que en Venezuela.


Además de la criminalidad y de la inseguridad en todos sitios, Venezuela está sufriendo una rápida destrucción y partidización de sus estructuras sociales, políticas y económicas. Para mencionar sólo el tema económico, a pesar de la bonanza petrolera más grande de su historia, Venezuela tiene la inflación más elevada del continente, sufre de controles cambiarios anacrónicos, padece un terrible desabastecimiento de productos básicos, mantiene elevados niveles de desempleo, posee una infraestructura colapsada y un grave déficit habitacional.


Otros han dicho ya que en Venezuela no hay presidentes buenos ni presidentes malos, sino que hay presidentes con petróleo a precios altos o petróleo a precios bajos. Después de haber presenciado la difícil situación venezolana durante estos años de vacas gordas y bonanza petrolera, no es difícil imaginar lo que vendrá ahora que comienza la época de las vacas flacas. La década pasada mostró los “mejores”, en realidad los menos malos, años de Chávez. Ahora habrá que ver cómo serán los años malos de Chávez.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Borges y Perón, un solo corazón

Por Hugo Caligaris - Tomado de LiberPress/ Diario La Nación-


Al ganador se le permite cualquier cosa, pensó Hugo Chávez, y en su discurso citó al mismo tiempo a Perón y a Borges para darse aire y ufanarse a su gusto, como si allá en el Cielo las almas de aquellos dos argentinos que tan poco se amaron en la Tierra se hubieran olvidado de todo y se estuvieran abrazando, eufóricas y dando saltos de alegría, por la noticia de que el Comandante ahora puede ser reelegido por los siglos de los siglos en Venezuela y, por lo tanto, en toda América.Si hay otra vida, tal vez Perón y Borges sean amigos en ella, pero suena difícil. Tal vez el escritor haya olvidado que el General lo degradó al rango de inspector de aves en 1946 y tal vez haya comprendido, por fin, que no tenía nada que temer en 1973, con el Operativo Retorno, pero es poco probable, en cambio, que Perón haya digerido esta frase de Borges: "Las dictaduras fomentan la opresión, el servilismo y la crueldad, pero más abominable es el hecho de que las dictaduras fomenten la idiotez".Idiotas más, idiotas menos, a Chávez no le preocupó esta cuestión de forma. "Se viene una Venezuela potencia, al estilo de la Argentina potencia de Perón", dijo con una parte de la boca, y con la otra apeló a la unidad de los venezolanos (bajo las órdenes de Chávez) con la Oda escrita en 1966 , de Borges, del "grandísimo escritor de la patria argentina, pero de la patria nuestra, de la gran patria".En una escala de uno a cien, la posibilidad de que a Borges le hubiera parecido inconsistente la figura de Chávez si hubiera tenido ocasión de conocerla y juzgarla está en el orden de los 99,9 puntos. Pero Chávez no cree en las verdades contrafácticas y prefiere pensar que el autor de El aleph , por el contrario, hubiera cedido al encanto de su gracia inefable.Pero aun en el caso de que lo hubiera seducido, Borges se hubiera extrañado de la cita y de la manera en que fue citado. En el poema dice: "Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete que, alto en el alba de una plaza desierta, rige un corcel de bronce por el tiempo". Si Chávez, que es militar, se puede equiparar a la figura del jinete en el corcel de bronce, entonces Borges dice que ni siquiera Chávez es la patria. Y lo que Chávez ha buscado, desde siempre, es ser equiparado con la patria, es ser visto como padre y no hijo de la patria, superior a Bolívar y a Fidel, y también, por supuesto, a Borges y a Perón.Hay un pasaje del poema, sin embargo (más allá del conocido "nadie es la patria, pero todos lo somos") que se le ajusta a Chávez divinamente. Es cuando dice: "La patria, amigos, es un acto perpetuo, como el perpetuo mundo". Se le ajusta, claro, siempre que el acto perpetuo sea Chávez.

¿Qué significa ser liberal?

por Carlos Alberto Montaner- Tomado de http://www.elcato.org/


El liberalismo parte de una hipótesis filosófica, casi religiosa, que postula la existencia de derechos naturales que no se pueden conculcar porque no se deben al Estado ni a la magnanimidad de los gobiernos sino a la condición especial de los seres humanos. Esa es la piedra angular sobre la que descansa todo el edificio teórico, y se le atribuye a los estoicos y al fundador de esa escuela, Zenón de Citia, quien defendió que los derechos no provenían de la fratría a la que se pertenecía o de la ciudad en la que se había nacido, sino del carácter racional y diferente a las demás criaturas que poseen las personas.
Antes de definir qué es el liberalismo, qué es ser liberal, y cuáles son los fundamentos básicos en los que coinciden los liberales, es conveniente advertir que no estamos ante un dogma sagrado, sino frente a varias creencias básicas deducidas de la experiencia y no de hipótesis abstractas, como ocurría, por ejemplo, con el marxismo.
Esto es importante establecerlo ab initio, porque se debe rechazar la errada suposición de que el liberalismo es una ideología. Una ideología es siempre una concepción del acontecer humano —de su historia, de su forma de realizar las transacciones, de la manera en que deberían hacerse—, concepción que parte del rígido criterio de que el ideólogo conoce de dónde viene la humanidad, por qué se desplaza en esa dirección y hacia dónde debe ir. De ahí que toda ideología, por definición, sea un tratado de «ingeniería social», y cada ideólogo sea, a su vez, un «ingeniero social». Alguien consagrado a la siempre peligrosa tarea de crear «hombres nuevos», personas no contaminadas por las huellas del antiguo régimen. Alguien dedicado a guiar a la tribu hacia una tierra prometida cuya ubicación le ha sido revelada por los escritos sagrados de ciertos «pensadores de lámpara», como les llamara José Martí a esos filósofos de laboratorio en permanente desencuentro con la vida. Sólo que esa actitud, a la que no sería descaminado calificar como moisenismo, lamentablemente suele dar lugar a grandes catástrofes, y en ella está, como señalara Popper, el origen del totalitarismo. Cuando alguien disiente, o cuando alguien trata de escapar del luminoso y fantástico proyecto diseñado por el «ingeniero social», es el momento de apelar a los paredones, a los calabozos, y al ocultamiento sistemático de la verdad. Lo importante es que los libros sagrados, como sucedía dentro del método escolástico, nunca resulten desmentidos.
Un liberal, en cambio, lejos de partir de libros sagrados para reformar a la especie humana y conducirla al paraíso terrenal, se limita a extraer consecuencias de lo que observa en la sociedad, y luego propone instituciones que probablemente contribuyan a alentar la ocurrencia de ciertos comportamientos benéficos para la mayoría. Un liberal tiene que someter su conducta a la tolerancia de los demás criterios y debe estar siempre dispuesto a convivir con lo que no le gusta. Un liberal no sabe hacia dónde marcha la humanidad y no se propone, por lo tanto, guiarla a sitio alguno. Ese destino tendrá que forjarlo libremente cada generación de acuerdo con lo que en cada momento le parezca conveniente hacer.
Al margen de las advertencias y actitudes anteriormente consignadas, una definición de los rasgos que perfilan la cosmovisión liberal debe comenzar por una referencia al constitucionalismo. En efecto, John Locke, a quien pudiéramos calificar como «padre del liberalismo político», tras contemplar los desastres de Inglaterra a fines del siglo XVII, cuando la autoridad real británica absoluta entró en su crisis definitiva, dedujo que, para evitar las guerras civiles, la dictadura de los tiranos, o los excesos de la soberanía popular, era conveniente fragmentar la autoridad en diversos «poderes», además de depositar la legitimidad de gobernantes y gobernados en un texto constitucional que salvaguardara los derechos inalienables de las personas, dando lugar a lo que luego se llamaría un Estado de Derecho. Es decir, una sociedad racionalmente organizada, que dirime pacíficamente sus conflictos mediante leyes imparciales que en ningún caso pueden conculcar los derechos fundamentales de los individuos. Y no andaba descaminado el padre Locke: la experiencia ha demostrado que las veinticinco sociedades más prósperas y felices del planeta son, precisamente, aquellas que han conseguido congregarse en torno a constituciones que presiden todos los actos de la comunidad y garantizan la transmisión organizada y legítima de la autoridad mediante consultas democráticas.
Otro británico, Adam Smith, un siglo más tarde, siguió el mismo camino deductivo para inferir su predilección por el mercado. ¿Cómo era posible, sin que nadie lo coordinara, que las panaderías de Londres —entonces el 80% del gasto familiar se dedicaba a pan— supiesen cuánto pan producir, de manera que no se horneara ni más ni menos harina de trigo que la necesaria para no perder ventas o para no llenar los anaqueles de inservible pan viejo? ¿Cómo se establecían precios más o menos uniformes para tan necesario alimento sin la mediación de la autoridad? ¿Por qué los panaderos, en defensa de sus intereses egoístas, no subían el precio del pan ilimitadamente y se aprovechaban de la perentoria necesidad de alimentarse que tenía la clientela?
Todo eso lo explicaba el mercado. El mercado era un sistema autónomo de producir bienes y servicios, no controlado por nadie, que generaba un orden económico espontáneo, impulsado por la búsqueda del beneficio personal, pero autorregulado por un cierto equilibrio natural provocado por las relaciones de conveniencia surgidas de las transacciones entre la oferta y la demanda. Los precios, a su vez, constituían un modo de información. Los precios no eran «justos» o «injustos», simplemente, eran el lenguaje con que funcionaba ese delicado sistema, múltiple y mutante, con arreglo a los imponderables deseos, necesidades e informaciones que mutua e incesantemente se transmitían los consumidores y productores. Ahí radicaba el secreto y la fuerza de la economía capitalista: en el mercado. Y mientras menos interfirieran en él los poderes públicos, mejor funcionaría, puesto que cada interferencia, cada manipulación de los precios, creaba una distorsión, por pequeña que fuera, que afectaba a todos los aspectos de la economía.
Otro de los principios básicos que aúnan a los liberales es el respeto por la propiedad privada. Actitud que no se deriva de una concepción dogmática contraria a la solidaridad —como suelen afirmar los adversarios del liberalismo—, sino de otra observación extraída de la realidad y de disquisiciones asentadas en la ética: al margen de la manifiesta superioridad para producir bienes y servicios que se da en el capitalismo cuando se le contrasta con el socialismo, donde no hay propiedad privada no existen las libertades individuales, pues todos estamos en manos de un Estado que nos dispensa y administra arbitrariamente los medios para que subsistamos (o perezcamos). El derecho a la propiedad privada, por otra parte, como no se cansó de escribir Murray N. Rothbard —siguiendo de cerca el pensamiento de Locke—, se apoyaba en un fundamento moral incontestable: si todo hombre, por el hecho de serlo, nacía libre, y si era libre y dueño de su persona para hacer con su vida lo que deseara, la riqueza que creara con su trabajo le pertenecía a él y a ningún otro.
¿En qué más creen los liberales? Obviamente, en el valor básico que le da nombre y sentido al grupo: la libertad individual. Libertad que se puede definir como un modo de relación con los demás en el que la persona puede tomar la mayor parte de las decisiones que afectan su vida dentro de las limitaciones que dicta la realidad. Le toca a ella decidir las creencias que asume o rechaza, el lugar en el que quiere vivir, el trabajo o la profesión que desea ejercer, el círculo de sus amistades y afectos, los bienes que adquiere o que enajena, el «estilo» que desea darle a su vida y —por supuesto— la participación directa o indirecta en el manejo de eso a lo que se llama «la cosa pública».
Esa libertad individual está —claro— indisolublemente ligada a la responsabilidad individual. Un buen liberal sabe exigir sus derechos, pero no rehúye sus deberes, pues admite que se trata de las dos caras de la misma moneda. Los asume plenamente, pues entiende que sólo pueden ser libres las sociedades que saben ser responsables, convicción que debe ir mucho más allá de una hermosa petición de principios.
¿Qué otros elementos liberales, realmente fundamentales, habría que añadir a este breve inventario? Pocas cosas, pero acaso muy relevantes: un buen liberal tendrá perfectamente clara cuál debe ser su relación con el poder. Es él, como ciudadano, quien manda, y es el gobierno quien obedece. Es él quien vigila, y es el gobierno quien resulta vigilado. Los funcionarios, electos o designados —da exactamente igual—, se pagan con el erario público, lo que automáticamente los convierte —o los debiera convertir— en servidores públicos sujetos al implacable escrutinio de los medios de comunicación, y a la auditoría constante de las instituciones pertinentes.
Por último: la experiencia demuestra que es mejor fragmentar la autoridad, para que quienes tomen decisiones que afecten a la comunidad estén más cerca de los que se vean afectados por esas acciones. Esa proximidad suele traducirse en mejores formas de gobierno. De ahí la predilección liberal por el parlamentarismo, el federalismo o la representación proporcional, y de ahí el peso decisivo que el liberal defiende para las ciudades o municipios. De lo que se trata es de que los poderes públicos no sean más que los necesarios, y que la rendición de cuentas sea mucho más sencilla y transparente.
¿Qué creen, en suma, los liberales? Vale la pena concretarlo ahora de manera sintética. Los liberales sostenemos ocho creencias fundamentales extraídas, insisto, de la experiencia, y todas ellas pueden recitarse casi con la cadencia de una oración laica:
Creemos en la libertad y la responsabilidad individuales como valores supremos de la comunidad.
Creemos en la importancia de la tolerancia y en la aceptación de las diferencias y la pluralidad como virtudes esenciales para preservar la convivencia pacífica.
Creemos en la existencia de la propiedad privada, y en una legislación que la ampare, para que ambas —libertad y responsabilidad— puedan ser realmente ejercidas.
Creemos en la convivencia dentro de un Estado de Derecho regido por una Constitución que salvaguarde los derechos inalienables de la persona y en la que las leyes sean neutrales y universales para fomentar la meritocracia y que nadie tenga privilegios.
Creemos en que el mercado —un mercado abierto a la competencia y sin controles de precios— es la forma más eficaz de realizar las transacciones económicas y de asignar recursos. Al menos, mucho más eficaz y moralmente justa que la arbitraria designación de ganadores y perdedores que se da en las sociedades colectivistas diseñadas por “ingenieros sociales” y dirigidas por comisarios.
Creemos en la supremacía de una sociedad civil formada por ciudadanos, no por súbditos, que voluntaria y libremente segrega cierto tipo de Estado para su disfrute y beneficio, y no al revés.
Creemos en la democracia representativa como método para la toma de decisiones colectivas, con garantías de que los derechos de la minorías no puedan ser atropellados.
Creemos en que el gobierno —mientras menos, mejor—, siempre compuesto por servidores públicos, totalmente obediente a las leyes, debe rendir cuentas con arreglo a la ley y estar sujeto a la inspección constante de los ciudadanos.
Quien suscriba estos ocho criterios es un liberal. Se puede ser un convencido militante de la Escuela austriaca fundada por Carl Menger; se puede ser ilusionadamente monetarista, como Milton Friedman, o institucionalista, como Ronald Coase y Douglass North; se puede ser culturalista, como Gary Becker y Larry Harrison; se puede creer en la conveniencia de suprimir los «bancos de emisión», como Hayek, o predicar la vuelta al patrón oro, como prescribía Mises; se puede pensar, como los peruanos Enrique Ghersi o Álvaro Vargas Llosa, neorrusonianos sin advertirlo, en que cualquier forma de instrucción pública pudiera llegar a ser contraria a los intereses de los individuos; o se puede poner el acento en la labor fiscalizadora de la «acción pública», como han hecho James Buchanan y sus discípulos, pero esas escuelas y criterios sólo constituyen los matices y las opiniones de un permanente debate que existe en el seno del liberalismo, no la sustancia de un pensamiento liberal muy rico, complejo y variado, con varios siglos de existencia constantemente enriquecida, ideario que se fundamenta en la ética, la filosofía, el derecho y -naturalmente- en la economía. Lo básico, lo que define y unifica a los liberales, más allá de las enjundiosas polémicas que pueden contemplarse o escucharse en diversas escuelas, seminarios o ilustres cenáculos del prestigio de la Sociedad Mont Pélerin, son esas ocho creencias antes consignadas. Ahí está la clave.

Latinoamerizanización de Washington

por Gabriela Calderón- Tomado de http://www.elcato.org/




En 2008-2009 el mundo parece haber dado un cambio de 180 grados. Hoy Washington encaja perfectamente en el estereotipo del país latinoamericano: (1) gasta más de lo que tiene y (2) aquellos en el poder pueden redistribuir riquezas a sus amigotes—en una fiel imitación de la tradición mercantilista latinoamericana.
A lo primero, William Niskanen del Cato Institute lo ha denominado como “abuso fiscal de niños” puesto que lo que se está haciendo es dejarles como herencia un trillón más de deuda a los hijos y nietos de los actuales contribuyentes estadounidenses.
Personas que ni siquiera han nacido tendrán que aguantar la resaca de la fiesta de gasto que se está dando hoy en Washington.
Lo segundo es verdaderamente preocupante. La Tesorería de los EE.UU. recibió el año pasado un poder sin precedentes en ese país: gastar, a libre discreción, un fondo de aproximadamente $700.000 millones para librar de activos en problemas a instituciones privadas “en problemas” por haber comprado esos activos (Esto es algo similar, aunque no tan brutal, como lo que se hizo en nuestro país cuando se le endosaron todas las pérdidas de la banca privada a todos los contribuyentes ecuatorianos). Como ese paquete no resolvió nada, ahora está prácticamente aprobado un nuevo paquete “de estímulo” de $800.000 millones. Decía Albert Einstein que esperar resultados distintos mientras que uno hace lo mismo era un síntoma de locura…
Pero dice el Presidente Obama que hay un consenso de que hay que incrementar considerablemente el gasto público para salir de la crisis. Tal consenso es una ficción puesto que hace un par de semanas más de 200 economistas, incluyendo varios Premios Nóbel, firmaron un anuncio que apareció en el New York Times y el Washington Post, entre otros periódicos, declarando que “El aumento en el gasto público por parte de los gobiernos de Hoover y Roosevelt no sacó a la economía estadounidense de la Gran Depresión en la década de 1930. Más gasto público no resolvió la 'década perdida' de Japón en los noventas”.

Detrás del apoyo político a un rol más activo por parte del gobierno yace la ansiedad de “¡hacer algo!” o ser vistos haciendo algo. Esta ansiedad une a políticos tan variopintas como Chávez, Correa, Bush y Obama. Los keynesianos sostenían que había una relación negativa entre la inflación y el desempleo: a mayor inflación, menor desempleo y viceversa. Se pensaba que los políticos y funcionarios hábiles podían inyectar dinero, generando inflación y de esa manera reducir periódicamente los salarios reales de los trabajadores sin que estos se den cuenta.
Era (y es) la teoría ideal para aquellos políticos ansiosos de ser vistos haciendo algo (y de conseguir más poder para hacerlo). Pero el dominio de esta teoría se acabó en los setentas cuando un creciente gasto público derivó en altos déficits y una política monetaria expansionista derivó en una alta tasa de inflación. Ese intervencionismo estatal resultó en una alta tasa de desempleo. Pensar que la misma política de aumentar el gasto público ahora tendrá resultados distintos, es un ejercicio de fe. Muy parecido a los repetidos ejercicios de fe en nuestra empobrecida región.



Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 11 de febrero de 2009.

La doctrina del shock de Obama

por David Boaz - Tomado de www.elcato.org


“Una emergencia económica profunda”, dice el presidente. El fracaso de aprobar su plan habría “convertido una crisis en una catástrofe”. Cualquier demora significará la “parálisis” y un “desastre”. Todo esto es sacado del guión de “la doctrina del shock”: asuste a la gente y luego demande que su agenda sea aprobada sin demoras.
Naomi Klein causó revuelo hace dos años con su libro La doctrina del shock, en el cual ella dice que los gobiernos conservadores utilizan las crisis para imponer políticas de libre mercado. Como ella lo dijo en una entrevista: “La doctrina del shock es una estrategia política que la derecha republicana ha estado perfeccionando a lo largo de los últimos 35 años para utilizarla para distintos tipos de shock. Estos podrían ser guerras, desastres naturales, crisis económicas, cualquier cosa que ponga a la sociedad en un estado de shock para imponer lo que los economistas llaman ‘terapia económica de shock’—políticas rápidas pro-corporaciones que no podrían realizarse si la gente no estuviese en un estado de miedo y pánico”.
Y eso es justamente lo que estamos viendo hoy—solo que en reversa.
El año pasado la economía estadounidense fue golpeada con un shock luego de otro: el salvataje de Bear Stearns, el colapso de Indymac, la implosión de Fannie Mae y Freddie Mac, la nacionalización de AIG, la mayor caída de la bolsa de valores en la historia reciente, el salvataje de Wall Street de $700.000 millones y más—todo esto acompañado de un tambor constante de lenguaje apocalíptico por parte de los líderes políticos.
¿Y qué sucedió? ¿Acaso el gobierno republicano invocó al espíritu de Milton Friedman y redujo el gasto público? ¿Acaso redujo las regulaciones y privatizó?No.
Hizo lo que los gobiernos en realidad hacen en una crisis— se adjudican nuevos poderes por sobre la economía. Dramáticamente aumentó los poderes de regulación de la Reserva Federal e inyectó trillones de dólares en créditos inflacionarios al sistema bancario. Parcialmente nacionalizó los bancos más grandes. Se apropió de $700.000 millones con los cuales intervenir en la economía. Hizo de General Motors y Chrysler responsabilidades del gobierno federal. Escribió una ley de salvataje que le daba al secretario de la tesorería poderes extraordinarios que no podían ser supervisados por las cortes u otras agencias del gobierno.
Ahora el gobierno de Obama está continuando este camino hacia la centralización y el dominio gubernamental de la economía. Y sus jugadores clave están explícitamente refiriéndose a su propia versión de la doctrina del shock. Rahm Emanuel, el jefe de personal de la Casa Blanca, dijo que la crisis económica a la que se enfrenta el país es “una oportunidad para nosotros”. Después de todo, dijo: “Uno nunca quiere que una crisis seria se desperdicie. Y esta crisis provee la oportunidad para nosotros de hacer algo que antes no se podía hacer” tales como tomar el control de las industrias financieras, energéticas, de informática y atención médica.
Esa es precisamente el tipo de cosa que Naomi Klein nos haría creer que piensan los defensores del libre mercado como Milton Friedman. “Algunas personas acumulan productos enlatados y agua en preparación para los desastres”, escribió Klein. “Los seguidores de Friedman acumulan ideas de libre mercado”. Pero eso es exactamente lo que los izquierdistas estadounidenses han estado haciendo en anticipación a que llegue al poder un gobierno demócrata en momentos en que el público pueda estar tan asustado como para aceptar más gobierno del que normalmente aceptaría. Por ejemplo, el Centre for American Progress, conducido por John Podesta, quien fue el jefe de personal del Presidente Bill Clinton y el director de transición del presidente-electo Obama, acaba de publicar Cambio para EE.UU.: Un plan progresivo para el 44vo. Presidente (Change for America: A Progressive Blueprint for the 44th President).
Paul Krugman, el columnista del New York Times que ataca a Bush, respaldó el entusiasmo de Emanuel: “Los progresistas esperan que el gobierno de Obama, como el Nuevo Trato (New Deal), responderá a la actual crisis económica y financiera creando instituciones, especialmente un sistema de atención médica universal, que cambiará la forma de la sociedad estadounidense para las próximas generaciones”.
La blogger Arianna Huffington ha llamado al libro de Klein “profético”. Mientras que el equipo Obama comenzó a diseñar planes, Klein mostró qué tan en lo correcto estaba cuando dijo: “Una crisis es algo terrible que desperdiciar. Y puede ser esta crisis en particular la que hará posible que el gobierno de Obama haga algo verdaderamente innovador, cosas atrevidas respecto a la atención médica, a la independencia energética, y a todas las áreas que han sido ignoradas”.
Nada de esto debería sorprendernos. Es descabellado pensar que la mayoría de los gobiernos responderán a una crisis reduciendo sus propios poderes y regulando menos la economía, como Klein nos haría creer. Los líderes políticos naturalmente responden a las crisis entrando a la escena como el hombre en el caballo blanco que toma control de la situación.
Como Rick Perlstein, un historiador izquierdista, escribió: “Los habitantes más efectivos de la Oficina Oval siempre han entendido [que una crisis es la mejor oportunidad para el cambio radical]. Franklin D. Roosevelt emitió decretos ejecutivos y propuestas legislativas como una tormenta de rayos durante sus primeros cien días, difícilmente desacelerándose durante los próximos cuatro años y antes de que se le cierre la oportunidad; Lyndon Johnson, ayudado por un John F. Kennedy convertido en mártir y la victoria por un sobrado margen de 1964, legisló a un paso tan acelerado que sus ayudantes estaban asombrados. Ambos presidentes entendieron que hay demasiados cuellos de botella —nuestro sistema constitucional que habilita a las minorías, nuestra tendencia nacional hacia el individualismo y nuestra concentración en intereses directos— para hacer un cambio posible de alguna otra manera posible”.
Robert Higgs, el historiador liberal, es menos entusiasta. En Crisis y Leviatán (Crisis and Leviathan) demostró que el crecimiento del gobierno en EE.UU. no ha sido lento y constante, con un crecimiento anual. En cambio, su envergadura y poder usualmente ha aumentado considerablemente durante guerras y crisis económicas.
Ocasionalmente, alrededor del mundo, ha habido instancias en las que una crisis derivó en reformas liberales, tales reformas económicas en Gran Bretaña y Nueva Zelanda fueron una respuesta a condiciones económicas en deterioro. Generalmente, los gobiernos buscan expandir su poder, y se aprovechan de las crisis para hacerlo. Pero pocas veces deletrean sus intenciones tan claramente como Rahm Emanuel lo hizo.

DISMINUIR LA POBREZA

Por Alberto Benegas Lynch (h) * - Tomado de LiberPress/ Revista NOTICIAS/ Sección Clases MagistralesLiberPress- Revista Noticias/ Buenos Aires, febrero 14 de 2009.




Hay plena coincidencia en todas las tradiciones de pensamiento en que debe disminuirse la pobreza. Desde los trsotskistas a los liberales hay pleno acuerdo en esta materia. Nadie en su sano juicio patrocina la miseria, el hambre y la desesperación. Solamente un cretino se regocija ante la pobreza ajena. Las discrepancias radican en los medios, no en los fines. Todos descendemos de las situaciones más miserables (cuando no del mono), es solo cuestión de ir para atrás en el árbol genealógico para constatar el aserto. Los sistemas hacen la diferencia. La sociedad abierta estimula y facilita el aumento de la riqueza con sus marcos institucionales de respeto a los derechos (y no digo “derechos humanos” porque es un pleonasmo grotesco ya que las plantas, los minerales y los animales no son sujetos de derechos y, por ende, no contraen obligaciones) . Sería de interés que las izquierdas volvieran a sus orígenes cuando peleaban contra el poder y los privilegios en lugar de reclamar la irrupción de la fuerza bruta a cada paso y en cada política. Al fin y al cabo el aparato estatal -el monopolio de la fuerza- es una ficción por la que se pretende vivir a expensas del vecino ya que ningún gobernante pone de sus recursos personales cuando declama la “ayuda” a otros. Habiendo dicho esto, conviene precisar que la pobreza es una noción relativa puesto que todos somos ricos o pobres según con quien nos comparemos. De lo que se trata es de eliminar las situaciones en donde se padece hambre, donde no se dispone del suficiente abrigo, donde hay quienes no pueden atender adecuadamente su salud ni la educación más elemental. Esto es la base pero sin duda se apunta a que todos mejoren y puedan disfrutar de posiciones con la mayor holgura posible. Pero henos aquí que es muy frecuente que las políticas gubernamentales -en nombre de los pobres y muchas veces usándolos- incrementan notablemente la pobreza al producir derroches de capital, precisamente, el factor clave para el mejoramiento en las condiciones de vida.Aumento de salarios Si observamos el mapa del mundo veremos que allí donde hay mayor inversión per capita los salarios en términos reales son más elevados. Cuando un pintor de brocha gorda de La Paz, Bolivia, se muda a Vancouver en Canadá para continuar con su tarea se observa que sus ingresos aumentan sideralmente, lo cual no se debe a que el empresario canadiense es más generoso que el boliviano sino debido a que la estructura de capital obliga al primero a pagar remuneraciones mayores. Por esto es que trabajos como el llamado servicio doméstico prácticamente no existen en lugares de altas tasas de capitalización. No es que el ama de casa no desearía contar con este apoyo logístico, es que las personas se encuentran empleadas en tareas de mucha mayor productividad y, por tanto, las retribuciones para las faenas domésticas se tornan imposibles de afrontar. En las campañas electorales se promete todo tipo de mejoras en los salarios e ingresos en general pero, lamentablemente, dichas mejoras no se pueden generar a través del decreto. Si fuera así seríamos todos millonarios. Por el contrario, el decreto que establece salarios superiores a lo que permite la tasa de capitalización conduce indefectiblemente al desempleo. Supongamos que mañana los gobernantes, en un rapto de intensa sensibilidad social, establecieran que los ingresos mínimos fueran de cuarenta mil dólares mensuales para todos y que el poder de policía no permitiera contrataciones bajo esa marca. El resultado indefectible sería que ese decreto condenaría a toda la población a la inanición. Por supuesto que los salarios mínimos no son de esa envergadura, pero en la medida en que supera la inversión por persona quedan sin empleo los que más necesitan trabajar. El gerente general, el gerente de finanzas, el gerente de personal no se enteran del problema a menos que el salario mínimo supere lo que ellos perciben en cuyo caso también engrosarán las filas de los desempleados. No hay alquimias posibles en economía. Si la estructura de capital se mantiene con dosis de ahorro suficiente para amortizar los equipos existentes, los salarios quedarán sin modificarse, si hay consumo o fuga de capitales los ingresos mermarán y si la tasa de capitalización crece, aumentarán los ingresos. Y para esto último es necesario contar con marcos institucionales civilizados y estables que garanticen los derechos de propiedad. Empresarios prebendarios En este contexto, uno de los más graves mal entendidos radica en el significado de la institución del mercado. He escrito antes sobre el asunto pero ahora lo quiero mirar desde otro ángulo. Seguramente también se debe a que nosotros los economistas no nos expresamos con la suficiente claridad. Siempre me ha parecido mejor que en lugar de quejarnos por qué la gente no acepta tal o cual idea, es mejor preguntarnos acerca de la razón por la que somos tan ineptos para trasmitir un concepto clave. Como tendemos a ser más benévolos con nosotros mismos que con los demás, esta técnica ayuda a hacer mejor los deberes y a pulir nuestro mensaje. Tal vez la confusión se acentúa cuando recurrimos a antropomorfismos, en este caso, al decir que el mercado elige, el mercado rechaza etc. Así puesto, parecería que el mercado es una persona cuando en verdad se trata de millones de arreglos contractuales que se suceden a diario. Es un proceso de votación donde la gente compra más de un bien que otro, se abstiene de adquirir un tercero y así sucesivamente con lo que va premiando o castigando a los distintos oferentes quienes, a su vez, al observar sus respectivos cuadros de resultados constatan si dieron en la tecla con los gustos de los demás vía las ganancias correspondientes o si se equivocaron en cuyo caso incurren en quebrantos. Este modo de operar va asignando los siempre escasos factores de producción en las manos más eficientes a criterio del público consumidor. No es que el empresario y el comerciante en general actúen por filantropía: buscan mejorar sus patrimonios y para ello, en una sociedad libre, solo le queda averiguar que prefieren los demás al efecto de poner manos a la obra. Como es sabido, dejando de lado la lotería y equivalentes, solo hay dos modos de enriquecerse: robando a los demás o sirviéndoles. En sistemas cerrados y autoritarios los burócratas del aparato estatal dictaminan quienes han de prosperar y quienes no lo harán y los empresarios se convierten en ladrones de guante blanco que expolian a la población a través de mercados cautivos y demás prebendas que obtienen en los despachos oficiales. Posiblemente los empresarios prebendarios sean los peores enemigos del liberalismo. Al aliarse con el poder político producen saqueos a la población y venden sus productos a precios mayores de lo que hubiera ocurrido en el mercado abierto, son de calidad inferior o ambas cosas a la vez. Son barones feudales, cazadores de privilegios y chantajistas profesionales. Esta preocupación de liberales se remonta a 1776 con Adam Smith quien incluso sospechaba de las cámaras empresariales puesto que consideraba que allí se “conspira contra el público”. Es que el empresario se comporta como un benefactor de la humanidad cuando se lo pone en el brete del mercado pero se convierte en un experto en atracos cuando se le abren posibilidades de cerrar mercados en complicidad con el aparato estatal.Soberbia e ignorancia Como decíamos, lo interesante del proceso de competencia antes referido es que al aprovecharse los recursos en un contexto de marcos institucionales en los que se protegen derechos, se maximizan las tasas de capitalización con lo que los salarios e ingresos en términos reales se incrementan. La diferencia de sistemas es lo que hace que resulte distinto vivir en Australia o en Uganda. No es un tema de recursos naturales o de geografía, Japón es un cascote que solo el veinte por ciento es habitable y Suiza no cuenta con recursos naturales a diferencia de África que concentra buena parte de los mismos. Es un asunto de “las cejas para arriba”, de plasticidad neuronal y de comprensión de principios e incentivos que destapan la olla de la energía creativa en lugar de perseguir y ensañarse con los productores. Cuando los funcionarios públicos, en lugar de dedicarse a la seguridad y a la justicia pretenden intervenir en las operaciones comerciales indefectiblemente se producen derroches de capital que siempre conducen a una mayor pobreza. Y no es que quienes trabajan en los gobiernos sean malos y los que operan en competencia son buenos, se trata de que las personas en el “spot” manejando lo suyo contribuyen a la coordinación de información que por su naturaleza es dispersa y fraccionada. Por el contrario, la concentración de funciones distorsiona precios y resta la información necesaria la cual no existe antes de que los operadores procedan en sus respectivos ramos. De allí es que aparecen faltantes y sobrantes. La panificación estatal constituye una presunción del conocimiento basada en la soberbia de quienes pretenden sustituir a los interesados en el delicado mecanismo que se teje con los antedichos millones de arreglos contractuales a través de miles de empresas que operan simultáneamente en franjas horizontales y verticales. Y cada vez que tiene lugar una medida de política económica que se traduce en despilfarro se afecta a todo la comunidad pero muy especialmente a los más pobres puesto que sobre ellos recae con mayor peso el consumo de capital a través de una reducción de sus salarios. En este sentido, es de interés anotar que los que sufren con mayor intensidad los gravámenes son paradójicamente aquellos que nunca vieron una planilla fiscal. Son contribuyentes de facto que ven reducidos sus salarios debido a que en otras áreas los contribuyentes de jure se deben hacer cargo de impuestos mayores.Impuesto progresivo Esto se ve caramente con las repercusiones del impuesto progresivo, que, a diferencia del impuesto proporcional, la alícuota crece a medida en que crece el objeto imponible. Esta forma de gravar bloquea severamente la movilidad social puesto que dificulta el ascenso y descenso en la pirámide patrimonial convirtiendo la situación en un sistema feudal en donde el que nace rico muere en esa condición y el que nace pobre deambula en la pobreza toda su vida en lugar de abrir las puertas para que el que sirve a sus semejantes y está ubicado en la base de la mencionada pirámide pueda subir con la velocidad necesaria y el que está en el vértice y es un inútil baje lo más velozmente que las circunstancias permitan. Incluso el impuesto progresivo tiende a constituirse en un privilegio para los ricos ya que, por ejemplo, en el caso de los impuestos a las ganancias, tienen ya protegido su patrimonio frente a los que trabajosamente intentan el ascenso. Por otra parte, la progresividad en realidad se convierte en regresividad ya que, como queda dicho, quienes están en el margen deben sufragar la carga a través de menores salarios como consecuencia del recorte en las tasas de capitalización debido a los mayores impuestos que recaen sobre los más productivos. Es curioso que se quiera aumentar la productividad y, simultáneamente, se castiga más que proporcionalmente a quienes realizan contribuciones más jugosas. Por último, el impuesto progresivo altera las posiciones patrimoniales relativas con lo que el despilfarro se acentúa. Esto es así debido a que la gente pone en evidencia sus preferencias al comprar o abstenerse de hacerlo con lo que va asignando recursos en las manos que estima le proporcionan mayores beneficios y, cuando pasa el rastrillo fiscal resulta que se alteraron las previas indicaciones. Este efecto, de más está decir, no ocurre con tributos proporcionales en cuyo caso los que más tienen o gastan pagarán sumas mayores sin distorsionar la asignación de factores productivos. Vulgaridad y cultura Uno de los lamentos más frecuentes que se endilgan al funcionamiento del mercado es que constituyen una expresión de vulgaridad y baja calidad. El mercado es un instrumento, un mecanismo por el cual se trasmiten los deseos y las preferencias de la gente. No está sujeto a juicio moral del mismo modo que no lo está la luz eléctrica o las mareas. En el caso considerado todo depende de la estructura axiológica de las personas involucradas. No puede reprenderse al mercado del mismo modo que no se reprende a internet cuando se envían correos inconvenientes. Se dice que la entronización del mercado ha producido la cultura del dinero y no de la excelencia. Pero ¿de que otra manera puede establecerse un sistema de votación diaria y, sobre todo, segmentada y no en bloque para conocer las preferencias de la gente? ¿O es que se insinúa que un puñado de iluminados debe marcar las pautas apoyados en las botas del aparato estatal? En esta misma línea argumental habitualmente se exhibe como ejemplo el deporte profesional que se dice decae debido a que se ha comercializado. ¿En base a que parámetros se llega a semejante conclusión? Se dice que el dinero degrada y prostituye el trabajo. ¿Diríamos lo mismo de la ciencia? ¿El científico que cobra por sus tareas se corrompe? ¿Debería hacerlo por amor al arte? ¿También los aristas del teatro y el cine? Nada impide que un escritor publique libros gratuitamente o que el cirujano opere sin cobrar pero no nos quejemos si la calidad de las cirugías disminuyen al pretender el establecimiento de un sistema por el que el profesional de marras deba vivir del aire. Las quejas más comunes respecto a esa institución suelen aludir al “fundamentalismo de mercado” sin percibir que es equivalente al “fundamentalismo de lo que quiere la gente” ya que, insistimos, se trata de millones de arreglos contractuales que cotidianamente ponen de relieve las prioridades crematísticas de los consumidores. Y lo relevante del asunto es que los compradores más débiles, como una consecuencia no buscada, reciben fortaleza de los que más poseen vía las tasas de capitalización que se maximizan al abrir a la competencia la asignación de los factores productivos a las áreas y sectores más eficientes. Por esto es que no resulta apropiado aludir al “darwinismo social” ya que, a diferencia de la evolución biológica, en una sociedad abierta la evolución cultural, como queda expresado, hace que los más fuertes trasmitan su fortaleza a los más débiles a través de las inversiones. Monopolios y publicidad También resulta atingente destacar aquí que las situaciones de monopolio privadas o estatales son siempre perversas debido a que los gobernantes las apañan con lo que inexorablemente el consumidor debe absorber costos mayores. Pero si el monopolista surge sin apoyatura estatal de ninguna naturaleza quiere decir que se ofrece la mejor situación de todas las variantes posibles, de lo contrario sería tan estúpido como decir que el primero que inventó el arco y flecha debe ser combatido hasta que exista el segundo oferente (¿?) y así con el descubrimiento de antibióticos, equipos de computación etc. Se dice también que la publicidad obliga al consumidor a la adquisición de bienes “que en verdad no necesita”. Solo se percatan de la trampa quienes se consideran de un nivel de inteligencia superior y que subestiman al prójimo y denuncian el fraude, sin percibir que si fuera cierto lo dicho, con suficiente publicidad si podría retornar al monopatín en lugar del automóvil y a la luz de las velas en lugar de la electricidad...y con precios más elevados. Una cosa es la influencia de la publicidad (con esa idea se lleva a cabo) y otra es pretender la determinación, del mismo modo que el abogado intenta persuadir al juez de la razón de su cliente pero no lo compele al fallo, con el agregado de los gastos enormes en aquél rubro que acompañan a fracasos estrepitosos en la venta del producto anunciado. No está al alcance de los mortales la perfección, se trata de minimizar costos y problemas. Es hora de abandonar las bravuconadas de funcionarios despóticos que bajo la excusa de la fabricación del “hombre nuevo” hacen que todo desemboque en el cadalso. Es muy frecuente que los funcionarios estatales pretendan entrometerse en los resultados que produce el mercado, es decir, en lo que se ha dado en llamar “la distribución del ingreso” como si se pudiera escindir del proceso de producción. Genera intensa hilaridad el observar discursos de megalómanos en funciones de gobierno que repiten libretos dictados por los genuflexos del momento sobre los menesteres más absurdos con la intención de impresionar al público (a veces memorizando expresiones mal pronunciadas en inglés), pero no se dan por aludidos de la ignorancia enciclopédica que exhiben cuando pretenden la manipulación de todo mientras naturalmente se les escapa todo por todos lados.. Repartir la torta Vez pasada un banquero me decía que “lo importante es que la torta se produzca por métodos capitalistas y que luego el gobierno redistribuya”. En esa oportunidad le sugerí un ejercicio con sus propios honorarios suponiendo que a fin de mes los redistribuyan políticos y conjeturé que, en vista de ello, la producción de la torta sencillamente no tendría lugar. Aconsejo la lectura de trabajos de destacados intelectuales provenientes de las izquierdas que han recapacitado sobre estos temas como el de Steven Lukes titulado “What is Left?” que tiene el doble significado de que es la izquierda y que queda de la izquierda. Prestemos atención a lo que escribe el profesor Lukes: “aquellos grupos de izquierda que tratan fatigosamente de encontrar su propio lugar en el panorama político no saben ya muy bien en que dirección avanzar [...] ha nacido en el Este una izquierda antisocialista [...] A finales del siglo xx, a lo máximo que puede aspirar el ´socialismo real´ es a haber producido una economía de comienzos de siglo y un orden injusto y coercitivo”. Y en la misma línea se expresa Giancarlo Bosetti, Sub-Director de L´Unitá en el sentido que “La izquierda no es ya o, en todo caso, no puede continuar siendo cosas como estas: la planificación centralizada, la abolición de la propiedad privada, el colectivismo, la supresión de las libertades individuales, la pretensión de enderezar el ´leño torcido´ kantiano, de plasmar al hombre y la sociedad de acuerdo con el proyecto elaborado por una vanguardia intelectual”. Personalmente, me siento más cerca de este tipo de intelectuales que los que la juegan de liberales pero que son anémicos de biblioteca y de imaginación y que cuando están cerca del poder no hacen más que cavar la fosa de la tradición de pensamiento a la que dicen pertenecer. Estas reflexiones muy sesudas de quienes provienen de las izquierdas más extremas resulta que terminarán dando medulosas lecciones, por ejemplo, a dirigentes de Estados Unidos que han perdido por completo la brújula y han conducido a ese país a un zafarrancho estatista que venían de mal en peor envueltos en astronómicos gastos públicos, endeudamiento gubernamental, déficit fiscal, asfixiantes regulaciones y “salvatajes” para los que concentran más poder de lobby en detrimento de los que menos tienen. También sirve de lección para los tilingos de siempre que pretenden medidas socialistas “para salvar al capitalismo”.

lunes, 2 de febrero de 2009

Ecuador: ¿Y si vuelven?

Por Roberto Salas - Tomado de http://www.hacer.org/


Nueva York, siete de la noche, a la salida del Museo Metropolitano un 26 de diciembre coger un taxi era una odisea, hasta que después de aguantar frío les ganamos la competencia a otros turistas para alcanzar uno que paró a preguntar adónde íbamos. En la tierra de la libertad hasta los taxistas tienen derecho de elegir qué pasajeros aceptar y cuáles no en función de a donde van.

Después de un largo silencio, como descansando del frío, mi esposa rompió el hielo. ¿Usted, de dónde es? Le inquirió al conductor. Ecuatoriano señora. ¡Ah!, ya me imaginé por su acento. Y ¿de qué ciudad? De Azogues señora. Luego, la pregunta segura. ¿Cuánto tiempo lleva acá en los EE.UU.? 17 años, pero ya me regreso, como mi hermano, mi primo y tres amigos ya lo hicieron.¿Para qué va a regresar si en Ecuador las cosas andan mal y no hay trabajo? Mire, -dijo el taxista- antes la decisión era difícil porque acá las cosas estaban bien, en un día como este me podía hacer USD 400, pero con esta crisis no llego ni a la mitad, entonces no importa si allá está mal, porque acá está peor. Ya envié lo suficiente para tener mi casita y un carro, y lo del trabajo, ya veré qué se hace con mis primos, mis hermanos o mis tíos. Cualquier cosa. El problema es que esto no es vida aunque ya tengo la nacionalidad, continuó. Uno vive para trabajar, y trabaja para enviar plata al Ecuador donde siempre pensé regresar. Como no paraba de hablar, aproveché para preguntarle: pero, ¿no cree que si ya es ciudadano puede obtener los beneficios de la seguridad social americana que es mejor que la de Ecuador? Sí, pero los impuestos son altos, y hay que tener todo en regla lo que ha sido difícil de hacer, por eso no tengo ninguna atadura.Con el desempleo aumentando en los EE.UU. a nivel del 8% y en Europa bordeando el 10%, no es raro que en España se hable del 14%. Muchos de estos desempleados son ecuatorianos, que duermen en la calle o en albergues. El Gobierno español tiene alrededor de cinco millones de inmigrantes en una severa contracción económica, y para priorizar el poco empleo a sus ciudadanos, están ofreciendo 14 mil dólares a los extranjeros legales que dejen el país a través de un plan de retorno voluntario.Sin duda que la contracción de remesas dificultaría el plan de estabilización del Gobierno, y al existir menor liquidez y demanda, la contracción sería mayor; sin embargo, el mayor problema está en el aumento de desempleo.Por lo anterior, puede ser una buena idea monitorear este fenómeno y preparar iniciativas entre gobiernos y sociedad civil para minimizar los impactos. Las políticas de apoyo a Pymes y microempresas es fundamental para desarrollar nuevos microemprendedores con capacidad de ver oportunidades.

Pobreza: Una Definición Causal

Por Leonardo Girondella Mora - Tomado de http://www.relial.org/

No hay pobreza, hay pobres.

Cualquier búsqueda del concepto “tipos de pobreza” que se haga, arrojará una buena cantidad de definiciones: pobreza urbana, rural, alimenticia, patrimonial, estructural, crónica, reciente y muchas más, que demuestran el interés en el fenómeno.
Si antes, hace un par de siglos y algo más, la curiosidad humana se dirigía hacia la explicación de la riqueza, parece que se tuvo éxito por los resultados que ahora se tienen —la misma curiosidad humana está ahora dirigida a la explicación de la pobreza. Lo que antes era la regla, ahora es la excepción.


En la búsqueda de las causas de la pobreza hay, por tanto, un reconocimiento implícito, el de creer que la riqueza es posible —que puede mejorarse la vida de las personas y que esto es una obligación ética. No es de extrañarse que pensando de esta manera se trate de explicar lo que ocasiona la pobreza y, con ese conocimiento como arma, pueda solventarse ese mal excepcional de estos tiempos.


Las explicaciones propuestas son de todos los tipos imaginables y no pretendo hacer un resumen de ellas. La aportación que deseo hacer es una limitada a una definición causal de la pobreza.
La pobreza es una situación considerada indeseable y posible de remediar que sufre una o más personas y que consiste en una muy baja o nula posibilidad de satisfacer necesidades básicas con medios generados por la misma persona — esta definición contiene los siguientes elementos que apuntan en la dirección de una solución:


• La pobreza es una situación considerada indeseable —no se juzga como aceptable y ella misma genera la inquietud de resolverla. Genera reacciones de compasión, misericordia, generosidad y en general, intentos de solución.
• La pobreza es posible de remediar —la situación indeseable sí tiene solución. La experiencia ha demostrado que es posible remediar la pobreza, de lo que existen evidencias absolutas. Los últimos dos siglos han mostrado que es posible prosperar y reducir la pobreza.
• La pobreza es sufrida por personas —no por grupos: es una situación indeseable y remediable, que padecen personas individuales que pueden ser agrupadas para propósitos de estudio en uno o más grupos con características comunes, pero de los que no debe retirarse la especificidad de la situación concreta de cada persona y su familia.
• La pobreza consiste en una baja o nula capacidad de satisfacer por sí mismo necesidades básicas —como alimentación, vivienda, salud, educación, formación de patrimonio y otras.
• La pobreza se origina por la incapacidad de la persona para generar medios que permitan satisfacer esas necesidades básicas —se trata de comprender a la pobreza como sufrida personalmente y producida por la falta de capacidad de poder de generación de la persona para crear los medios que ella necesita para satisfacer sus necesidades.
Este es el corazón de la definición causal que propongo, la de ser una situación personal e individual causada por la falta de capacidad de esa persona para producir los medios que le permitan elevar sus ingresos.


Es sobre este último elemento que quiero hacer algunas anotaciones. Si lo que ocasiona la pobreza es la incapacidad de generar medios en cada persona para resolver su situación, se deduce que dichos medios pueden tener dos orígenes, el externo y el interno.
La pobreza puede ser aminorada con medios externos que la persona no genera por sí misma —son las obras de caridad, los donativos que otros dan para que pueden ser satisfechas las necesidades de los pobres. Son acciones admirables por parte de terceros, resuelven algunos problemas inmediatos, pero no van a la raíz del problema que es la incapacidad propia de generar medios para satisfacer esas necesidades. Este es el origen externo de los medios para remediar la situación de cada persona pobre.


Pero también existe un origen interno de medios para resolver la pobreza —son los que crea la persona misma y constituyen la clave central de la solución. Si se depende de medios que llegan de otros a cada pobre, a éste se le vuelve dependiente de terceros y la situación no es resuelta en definitiva. Pero si se logra que por sí mismo el pobre produzca recursos que lo saquen de su condición, entonces se habrá en verdad solucionado el problema.
La pobreza, definida causalmente, se sustenta en la corrección de las capacidades del pobre mismo para hacerlo suficiente y apto para, por él mismo, producir los medios que requiere la satisfacción de las necesidades que tiene.


Reconociendo que la solución de fondo está en los medios internos, que es la capacidad personal propia para generar recursos que remedien la condición inicial de pobreza, ahora hago dos anotaciones más sobre lo que puede ayudar o frenar los esfuerzos personales para salir de la pobreza.


El modo más ortodoxo para examinar la capacidad o incapacidad de generación de medios propios indica que sus causas pueden clasificarse en ajenas a la persona y propias de ella.
Entre las causas ajenas, podría estar un medio ambiente como una guerra civil altera el medio ambiente con tanta intensidad que debe considerarse como una causa de pobreza fuera del control personal —o bien, una sociedad en la que no exista un estado de derecho que proteja con eficiencia derechos personales; donde la corrupción frene las iniciativas personales con muy altos costos. Estas son causas ajenas, fuera del control personal y cuyo efecto neto es la limitación severa de las capacidades personales, incluso para quiene sí tienen capacidad para generar ingresos propios.


Pero también hay causas personales, como la falta de educación siquiera básica que permita conocimientos necesarios para el desarrollo de trabajos simples; o los padecimientos de salud que impiden el trabajo; o también, las actitudes personales como la pereza y la desidia que frenan el esfuerzo en el trabajo.


El punto central, en este intento de una definición causal de la pobreza, es enfatizar el aspecto personal que ella tiene y que se refiere a las capacidades personales para generar ingresos. Entendiendo esto puede concluirse con facilidad que son tres los niveles en los que puede combatirse con éxito a la pobreza:


Uno. La creación y mantenimiento de un ambiente social que facilite y premie los esfuerzos personales —en lo general es un ambiente estable y de confianza razonable en el futuro.
Dos. La mejora personal de cada pobre, considerado individualmente, para elevar su capital humano, es decir, su capacidad de valerse por sí mismo y ser autónomo.
Tres. El entendimiento de que las ayudas externas a los pobres son un remedio temporal y no de fondo, que debe enfocarse a casos extremos de pobreza.


Evo Morales, el nuevo dictador

Por Daniel Pasquier Rivero - Tomado de LiberPress- Hacer.Org-


Parece que la saga no termina. El locuaz H. Chávez anuncia el retiro “obligatorio” del primero de los Castro, "El Fidel aquel, que recorría las calles y pueblos de madrugada con su uniforme y abrazando a la gente, no volverá'', ¿muerte o situación irreversible?; la pugna entre sucesores está en marcha, todos tienen ambiciones, hay que mostrar antecedentes. Desde enero del 2006 ha conseguido ordenada y sistemáticamente, casi eliminar el Tribunal Constitucional, dejándolo con una solitaria representante; de igual manera diezmar la Corte Suprema de Justicia y desobedecer sus resoluciones; crear un cuerpo de jueces y fiscales a su servicio con jurisdicción ilimitada por encima de los jueces naturales territoriales; la administración y fiscalización de la judicatura inexistente por desaparición del Consejo de la Judicatura; el Poder Electoral reducido a la acción de un fiel presidente nombrado a dedo, acompañado por dos vocales mantenidos para hacer quórum. El Poder Legislativo formado por levanta manos preocupados en aprovechar los beneficios de la torta del poder, involucrados en todo tipo de actos de corrupción: tráfico de influencias, complicidad en contrabando, silencia frente a demandas por conexiones con estafas al Estado, contratos mal habidos, tenebrosa pero evidente relación con agentes ligados al narcotráfico y políticas facilitadoras de la actividad ilícita, honorables ocupados en mantener el discurso y la imagen anti-imperialista, etc. y de aprobar “por decreto” todo lo que no puede conseguir el consenso o el apoyo de la Cámara de Senadores, en manos de la oposición. Convocar al Congreso (sesión conjunta de ambas cámaras) para conseguir con “simple mayoría” imponer la voluntad del Ejecutivo se ha convertido en ritual. En consecuencia el gobierno no reconoce en los hechos los derechos constitucionales y atropella la libertad de las personas al detener sin mandamiento judicial legal, sin respetar procedimientos y ejecutando en general allanamientos y detenciones por gente encapuchada sin identificación alguna; sometiendo a la condena pública, vía medios de comunicación, a políticos, cívicos, periodistas, opositores y hasta a disidentes del oficialismo sin mención de cargos, presentación de pruebas ni el respeto al debido proceso. Todos los considerados “opositores”, hasta por el simple hecho de haber denunciado hechos de corrupción de personeros del gobierno, se encuentran en prisión, en la clandestinidad o en el exilio. Del discurso promoviendo el temor se pasa sin distinción al ejercicio del terror mediante las fuerzas policiales y militares al servicio del gobierno y no de la Nación. Cuando haga falta, se complementa la represión mediante el uso de la fuerza paramilitar, irregular, conformada por civiles armados y entrenados para la represión, que según repetidas denuncias de testigos han sido comandadas por personal venezolano y cubano. Evo ha propuesto en público “fundar otra OEA sin EEUU”, como respuesta a la política estadounidense de bloqueo a Cuba, sin hacer mención al compromiso solicitado al los gobernantes de la isla sobre el respeto a los Derechos Humanos y garantías a la mínima libertad de expresión, de asociación, de prensa, de trabajo, de comercio, y libertad de conciencia. Los pocos presos liberados lo han sido por cumplimiento de condenas, a pesar de injustas y en general terriblemente largas. No ha sido por “ablandamiento humanitario” ni condescendencia a los pedidos internacionales de apertura a los Castro. Pero su propuesta sobre la OEA no ha sido suficiente para Evo y ha propuesto que “Los latinoamericanos deberían sacar a los embajadores (de EEUU) de sus países si no levantan el bloqueo a Cuba”, entrometiéndose sin miramientos en asuntos de política interna de otros países. Hace poco ha declarado “Siento que las naciones del mundo tenemos que fundar otra Naciones Unidas, sin Estados Unidos” Evo tomó con tropas las instalaciones de empresas petroleras que trabajaban en Bolivia, sin respetar contratos, y después de tres años todavía tienen negociaciones pendientes con el Estado. Ha seguido en su discurso agresivo el estilo y las consignas del presidente venezolano, imitándole en la expulsión del Embajador de EEUU tras acusaciones de injerencia en la política interna y de apoyar a la oposición, siempre fiel a su estilo, sin ninguna prueba. Las agencias ligadas a la lucha contra el narcotráfico despedidas y desmanteladas. En terreno tan movedizo el gobierno practica la lucha en el discurso y sólo recurre al “autocontrol” en los hechos, algo como dejar el mercado libre a los sembradores de coca para que definan con los fabricantes cuánto y dónde entregarán la droga. Ahora Evo se alinea con los movimientos terroristas al “condenar a Israel por genocidio en Gaza” y romper relaciones diplomáticas, sin considerar la complejidad del problema, la participación de Hamas ligada a Hezbollah y los movimientos fundamentalistas islámicos, mostrando solidaridad más que con la causa palestina con Hugo Chávez y Mahmud Ahmadineyad, cuyo gobierno expresaba "Ojala podamos hacer entre Bolivia e Irán un acuerdo internacional contra este conflicto en la zona Palestina (la Franja de Gaza)", mediante su Ministro M. Abbasi. Las relaciones de Chávez con las FARC están fuera de toda duda y así parece también con el gobierno de Morales (Ciudadano X2, de E. Martínez) Evo ha conseguido convocar a referéndum sobre su proyecto de nueva Constitución Política del Estado (CPE), donde reafirma la condición de privilegiados ante la ley al indígena originario campesino, creando la segunda categoría para el 70 % de la población conformada por mestizos; reconoce libertades y derechos, pero no los garantiza, porque en todos los casos está la muletilla de “sujeto a ser definido y reglamentado por ley”, y quienes conformarán los organismos legisladores según esa CPE sólo podrán ser partidarios de la línea ideológica del presidente. Por último, existe el artículo 411, por el cual “todo” en la nueva CPE, a partir de su aprobación, puede cambiarse parcial o totalmente por simple mayoría, adiós el compromiso de los 2/3 en Congreso, dejando al arbitrio del mandatario todos los derechos y deberes de los ciudadanos. Si cabía alguna duda sobre estas intenciones, el propio mandatario se ha encargado de disiparlas y ha declarado que “después de diez días, vamos a cambiar todo” Y añade “Hemos venido a quedarnos (en Palacio Quemado) para toda la vida”, como lo pensaron Mussolini y Hitler, y como lo consiguieron Stalin y Castro.Evo ha prometido nada menos que echar de Bolivia, y quizás del mundo, al “dios de los oligarcas, el dios de los colonizadores”, al Dios que reconoce el 85 % del país. Y si su propuesta no es aprobada en referéndum el próximo 25 de enero “Si no me aprueban leyes, pondré en vigencia la constitución (CPE) mediante decretos”. Evo se declara Dictador.

Una agenda latinoamericana para Obama

Por Juan Carlos Hidalgo - Tomado de www.elcato.org



El presidente electo Barack Obama nunca ha puesto un pie en América Latina. De acuerdo al columnista del Miami Herald, Andrés Oppenheimer, Obama ni siquiera pudo acordarse de un sólo líder latinoamericano cuando lo entrevistó por primera vez hace más de un año. Aún así, Obama fue altamente favorecido en la región durante su carrera presidencial, y su elección ha sido recibida con mucho entusiasmo en toda América Latina.


La popularidad de Obama representa una oportunidad para involucrar a la región en por lo menos cinco áreas en las que EE.UU. puede tener un impacto positivo en el desarrollo y la seguridad hemisférica:


Acabar con el embargo y la prohibición de viajar a Cuba: Obama prometió durante su campaña levantar los límites existentes a los viajes y al envío de remesas de cubano-estadounidenses hacia la isla. Aunque no criticó el embargo, su propuesta no agradó a Fidel Castro, quien llamó a la idea de más visitantes de EE.UU. “propaganda para el consumismo y el insostenible estilo de vida detrás de este”. A pesar de criticar oficialmente el embargo como una fuente de males de Cuba, Castro parece comprender bien el peligro para el régimen cubano si aumentase la interacción entre extranjeros y nacionales.


Obama podría ser más innovador en su política hacia Cuba. Debería proponer acabar por completo con la prohibición de viajar a la isla, y también remover el embargo comercial. Esto contribuiría más por acelerar reformas significativas en la isla que continuar una política que ha fracasado en lograr resultados durante casi 50 años.


Insistir en una reforma migratoria: Obama debería aprovechar la acrecentada mayoría Demócrata en el Congreso para pasar una importante reforma que permita que personas indocumentadas legalicen su situación en EE.UU. y cree un programa que conceda suficientes visas para trabajadores invitados y temporales. Obama favoreció un proyecto similar hace dos años, y debería darle seguimiento a este tema una vez que esté en la Casa Blanca. De esta manera se ganaría la buena voluntad de los latinoamericanos.


Reconsiderar la guerra contra las drogas: La violencia relacionada al narcotráfico está desangrando a México. Solamente en el 2008, más de 6.000 personas fueron asesinadas en luchas entre los narcotraficantes y la policía y ejército mexicanos. Las autoridades también han sido infiltradas y corrompidas por los capos de los cárteles. México, y cada vez más Centroamérica, corren el riesgo de seguir el mismo camino de violencia relacionada con las drogas que Colombia sufrió por muchos años.


La administración de Obama debería prestar más atención a lo que otros líderes latinoamericanos están sugiriendo como una alternativa a la estrategia prohibicionista de Washington. Hace algunos meses Manuel Zelaya, presidente de Honduras, pidió abiertamente la legalización de las drogas como una manera de combatir la violencia relacionada al narcotráfico. Él no es el único. En Argentina, el gobierno de Cristina Fernández está promoviendo la despenalización del consumo de drogas. En México, el opositor PRD también ha pedido la legalización de las drogas. Aún el Presidente conservador de México, Felipe Calderón, recientemente ha propuesto despenalizar pequeñas cantidades de algunas drogas, incluyendo la cocaína y la marihuana. Obama debería discutir con los líderes latinoamericanos alternativas que busquen reducir en estos países la violencia relacionada con las drogas y la corrupción.


Evitar confrontar a Hugo Chávez: Al presidente venezolano y a otros líderes populistas en la región se les hará difícil presentar a EE.UU. como el “imperio del mal” ahora que es liderado por un presidente carismático y popular. Sin embargo, Chávez y su pandilla bolivariana seguramente buscarán problemas con el nuevo gobierno, ya que el anti-americanismo es una característica clave de su populismo. Probablemente habrá algo de presión para que el nuevo presidente se vea “fuerte” en su trato con regímenes hostiles, pero Obama debería mantener en mente que la confrontación es exactamente lo que el populista quiere.


No causar daño al comercio: Seamos sinceros. Los acuerdos comerciales con Colombia y Panamá no tienen muchas posibilidades de ser aprobados este año en el Congreso. Ni tampoco habrá movimiento alguno en la dirección de un comercio más libre con América Latina mientras Obama esté en la presidencia. Sin embargo, el nuevo presidente no debería intentar renegociar los acuerdos existentes. Esto crearía un precedente terrible y pondría en duda la credibilidad de EE.UU. como socio comercial.


Obama está muy bien posicionado para enfrentar estos retos dada su enorme popularidad en América Latina. Debería aprovechar esta oportunidad.

El tirano bueno

Por Carlos Alberto Montaner - Tomado de http://independent.typepad.com/


Hugo Chávez tiene un corazón incontrolablemente generoso. En 2008 les donó 45 millones de galones de petróleo a 200 mil familias pobres norteamericanas. El costo de esa contribución fue de unos cien millones de dólares. El obsequio se hizo por medio de CITGO, la empresa de energía propiedad del Estado venezolano radicada en territorio norteamericano.

Conmovedor. Una familia pobre norteamericana de 4 personas recibe unos $19,300 como ingreso promedio anual. Una familia pobre venezolana de esas dimensiones apenas alcanza los $2,920. En Estados Unidos el 12 por ciento de la población es clasificado como pobre. En Venezuela ese porcentaje se eleva al 42. La pobreza en Estados Unidos generalmente se experimenta en viviendas grises y uniformes, pero dotadas de electricidad y agua corriente y potable, y no excluye la posesión de automóvil, aire acondicionado, televisión en colores, teléfonos, servicio de correo, educación gratis, cupones alimenticios, alcantarillado, acceso a cuidados médicos de emergencia, protección policiaca, sistema de justicia y una cierta cantidad de dinero. En Venezuela, el panorama suele ser infinitamente peor. No vale la pena describirlo: todos conocemos el horror de hojalata, violencia y privaciones que significa ser pobre en Venezuela (o en Nicaragua, Bolivia y casi toda América Latina).

En Cuba, ocurre exactamente igual. Las viviendas se están cayendo a pedazos. Hace 48 años que los cubanos tienen los alimentos y el agua potable racionados. Las alcantarillas se desbordan y apenas se recoge la basura para felicidad de las ratas, mientras los cubanos huyen a bordo de cualquier cosa capaz de flotar, pero Fidel Castro, que es un hombre dominado por una enérgica pulsión compasiva, conmovido por los problemas de la humanidad, incapahttp://www.elnuevoherald.com/opinion/story/371462.htmlz de percibir la miseria que lo rodea y de medir los gastos en que incurre el país, confundiendo el patrimonio nacional con sus bienes personales, beca a miles de jóvenes estudiantes de medicina de toda América, y envía decenas de miles de médicos, maestros, dentistas y enfermeros al tercer mundo con la prodigalidad de un sultán de las Mil y una noches. También, en tiempos de la guerra fría, colérico o emocionado, elegía las causas que le parecían justas o adaptadas a su proyecto de conquista planetaria, y, sin ponderar el dolor causado a las familias, despachaba sus ejércitos a luchar contra Marruecos, contra Somalia, contra Israel, o contra las facciones angolanas prochinas y pronorteamericanas de Jonás Savimbi en Angola, esparciendo cementerios de ''internacionalistas'' cubanos por cualquier rincón del globo. Todo sacrificio material o humano era poco para su bondad y su idealismo sin fronteras ni límite.

¿Por qué esas extravagantes muestras de solidaridad? Sin duda, porque se trata de una demagógica campaña de relaciones públicas destinada a probar que sus regímenes son extraordinarios y la ideología que sustentan maravillosa, pero también para demostrarle al mundo, con las lágrimas del prójimo, que son líderes dotados del corazón más noble de la especie, algo que les proporciona una gratificante sensación de superioridad moral. Dar lo ajeno, sacrificar hasta el último hombre, ejercer la compasión de forma desconsiderada con el propio pueblo que sufraga los gastos con su trabajo, y que ni siquiera puede quejarse del dispendio, les proporciona una impagable felicidad interior que es, por supuesto, una enfermiza expresión del narcisismo que padecen. No les interesa tanto el bienestar del otro (lo que se demuestra en el enorme precio que les cobran a los suyos), sino realizar una gran hazaña, clavarse en la historia, deslumbrar a la humanidad y confirmar su calidad de seres humanos excepcionales.

Lo terrible de este tipo de compasión enfermiza ejercida desde la cúpula del poder, es que los ''hombres fuertes'' que se solazan en ella suelen segar el legítimo altruismo que anida en el espíritu de la mayor parte de las personas. Al acaparar toda la riqueza, controlar todos los mecanismos de toma de decisiones y disponer arbitrariamente de los recursos de la sociedad, mutilan con ello la posibilidad de ejercer la caridad que suelen poseer casi todas las personas normales en diversos grados. Al final del camino, todo lo que queda es un ''tirano bueno'' y un pueblo pobre y fatigado hasta las náuseas, al que, paradójicamente, le han vampirizado hasta el último vestigio de sus pulsiones filantrópicas. Ya ni siquiera le es dable ser bueno. Hasta eso le ha sido arrebatado.


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La caja no define el bienestar

Por Alberto Benegas Lynch (h) - Tomado de http://independent.typepad.com

La interpreteción más común del título de esta nota es que el dinero no proporciona felicidad a menos que se cuente con satisfacciones en la vida que exceden lo puramente material. Eso es cierto pero en esta oportunidad me refiero a la situación fiscal de gobiernos que se dan por satisfechos si los ingresos y egresos están equilibrados, es decir, si no hay déficit.

Pero esto no es de ningún modo así. Las cuentas pueden estar en orden y, sin embargo, los gobernados pueden estar asfixiados por cargas fiscales descomunales. En esta instancia del proceso de evolución cultural, los aparatos estatales debieran gravar lo mínimo indispensable para contar con seguridad y justicia, el resto está en manos de particulares según sean sus preferencias y no de funcionarios megalómanos con planes financiados compulsivamente con el fruto del trabajo ajeno.

Tomemos el caso de Pedro “el grande” de Rusia sobre quien nos informa Will y Ariel Durant en el octavo tomo de su Historia de la civilización. Heredó muchas propiedades de su padre las cuales, salvo una parte reducida, las entregó a las arcas del estado y mantuvo la caja en buena situación sin déficit fiscal pero con impuestos descomunales y siempre crecientes puesto que sus veleidades iban también en aumento, las cuales había que financiar. Las obras que demandó San Petesburgo fueron construidas “sobre los huesos de miles de trabajadores incorporados por conscripción para esas labores” y un edicto del zar (un ucase) de 1714 prohibía construcciones de piedra en toda Rusia excepto en San Petesburgo para evitar que alguien intentara hacerle sombra.

Cuando murió el Patriarca Adrián, Pedro lo sucedió en persona y, cual Enrique VIII, se transformó en la cabeza de la Iglesia y envió a Siberia a los clérigos que se le opusieron. Todas las actividades comerciales e industriales estaban bajo el rígido control del aparato estatal con “poderes dictatoriales” y muchas otras contaban con el monopolio gubernamental. Ya sifilítico no pudo digerir la rebeldía de su hijo Alexis a quien mandó torturar hasta la muerte. Típico de las mentes arrogantes y planificadoras intentó manejar lo inmanejable en cuanto a la coordinación de los factores productivos que solo pueden tener lugar a través de procesos descentralizados, abiertos y competitivos en los que la propiedad privada y los precios coordinan la información por su naturaleza dispersa y fraccionada. El colapso de la economía fue el resultado y, como también apuntan los mencionados historiadores en base a documentación de la época, “La miseria crece día a día, las calles están repletas de gente que vende a sus hijos”.

Los pavotes de todos los tiempos dicen que Pedro “el grande” occidentalizó a Rusia (con perdón de Occidente) del mismo modo que lo decían respecto del Sha de Persia, que, como bien explica Kapuscinski en su El Sha o la desmesura del poder, a las trompadas importaba maquinaria de industria pesada “para modernizar” a su país, la cual se oxidaba en el mar debido a que las características descoordinaciones de la planificación estatal conducían a que los puertos no estuvieran en condiciones de recibir aquellos embarques...y a los opositores los condenaba a morir en bolsas de arpillera junto a serpientes venenosas y se hacía llamar Sombra del Todopoderoso, Rey de Reyes, Nuncio de Dios y Centro del Universo. Otro personaje que conservaba en orden las cuentas fiscales.

Como se ha dicho, una manera simple de mostrar las ventajas de la asignación de los derechos de propiedad y evitar los incentivos perversos que genera la “tragedia de los comunes” consiste en observar los comportamientos de los comensales en un restaurante que deciden comer juntos y dividir la cuenta por partes iguales. En ese caso es sabido que los que más beben y engullen serán subsidiados por los que menos lo hacen: la solución para evitar contraincentivos de esa naturaleza estriba en pedir cuentas separadas.

En todo caso, del mismo modo que la caja no define el bienestar, la idea del producto bruto tiende a confundir. Se dice que el PIB mide el bienestar pero también aquí debe subrayarse que lo más importante del bienestar no está referido a lo material. Concedido este punto se insiste en que el PIB entonces mide el bienestar material. Pero tampoco esto es correcto si no se opera en un sistema libre puesto que nada se gana con incrementar el producto en base a elefantes blancos a lo Pedro el grande o el Sha de Persia. Por tanto, con un poco más de modestia digamos que el producto es un indicador del bienestar material a condición, por los motivos antes señalados, de que se trate de una sociedad abierta.

Por último, resulta curioso que las estadísticas del producto bruto (y otras) las lleve el gobierno cuando lo lógico es que si la gente requiere de esa información sea el mercado el que la provea en competencia por ese servicio, y no con los recursos coactivamente detraídos de la gente. Si se encontrara un correlato entre, por ejemplo, la venta de mayonesa y el producto, la estadística correspondiente se demandará, de lo contrario no se recopilará. Al fin y al cabo estos agregados a veces perturban porque se tiende a extrapolar ilegítimamente la proyección de ventas de una empresa a un país sin comprender que en este último caso se trata de proyectos muy disímiles y en muy diversas direcciones donde en libertad se otorga la máxima flexibilidad y se procede siempre del mejor modo en cuanto a lo que la gente considera óptimo.