lunes, 5 de enero de 2009

Un balance ominoso


Por Carlos Alberto Montaner - Tomado de http://independent.typepad.com



Las peores consecuencias de la entronización del comunismo en Cuba se dieron con la pérdida violenta de vidas humanas. El Dr. Armando Lago y la investigadora María Werlau, en el único recuento metódico de víctimas que se conoce, le atribuyen al Gobierno la muerte directa de 10.305 personas, la mayor parte fusiladas o asesinadas en los presidios, mientras calculan los balseros ahogados en 77.789. Si a estas cifras se le agrega el altísimo número de presos políticos —decenas de millares a lo largo de medio siglo, de los que todavía hoy existen unos 250— se podrá suponer el inmenso quebranto que ha padecido el país a lo largo de este periodo.


En el terreno económico, las consecuencias del establecimiento del comunismo desataron también una terrible catástrofe. Paulatinamente Cuba dejó de ser una de las naciones más prósperas de América Latina para convertirse en una de las más pobres e improductivas, pese a haber contado durante treinta años con el masivo subsidio de los soviéticos, calculado en algo más de cien mil millones de dólares. Ello ha provocado una disminución notable de la calidad de vida de los cubanos y un visible deterioro de sus condiciones de vida en los cinco renglones básicos de cualquier sociedad moderna: alimentación, vivienda, agua potable, comunicaciones y transporte.

Esto se explica por la destrucción y dispersión de la clase empresarial, el aniquilamiento del capital acumulado a lo largo de siglos de economía capitalista, la súbita interrupción de los lazos comerciales con Occidente y, sobre todo, por la incapacidad total de la planificación y del Estado empresario para satisfacer las necesidades más elementales de las personas. El comunismo pudo, incluso, diezmar la industria azucarera, provocando que a principios del siglo XXI el país produjera la misma cantidad de azúcar que a fines del siglo XIX, cuando no existían la electricidad o los tractores y el país tenía la décima parte de la población con que hoy cuenta. A lo que se añade el elemento destructivo de los huracanes que con cierta frecuencia barren la isla dejando una estela de destrucción que la débil economía colectivista es incapaz de contrarrestar.

En el ámbito social, la dictadura comunista, además de la homofobia que la llevó a encarcelar a miles de homosexuales para «reprogramarlos», provocó una dolorosa ruptura familiar, con el agravante de que los cubanos escapados de la isla, durante muchos años ni siquiera podían mantener relaciones por carta o por llamadas telefónicas con sus parientes, porque a éstos se les exigía romper sus vínculos con los «traidores» que habían abandonado a Cuba. Hoy hay cerca de tres millones de cubanos y sus descendientes radicados fuera del país, pese a las enormes dificultades que la población debe enfrentar, tanto para salir como para ingresar en la isla, operaciones para las que siempre se requiere un permiso especial del Estado.

En el tema religioso, bajo la prédica militante del ateísmo, la sociedad se fue alejando de la tradición judeocristiana de donde provenía por su origen cultural español, esencialmente católica, factor que acaso contribuye a explicar la relajación de las costumbres sexuales, el aumento vertiginoso de la prostitución, incluida la infantil, el número de abortos y suicidios (el mayor, con mucho de América Latina) y la constante apropiación indebida o robo de los bienes del Estado por parte de la sociedad.

La educación masiva universitaria ha generado un número importante de graduados, unos 800.000, entre los que hay 65.000 médicos y millares de ingenieros, convirtiendo a Cuba en el país latinoamericano con mayor capital humano con arreglo a la población. Sin embargo, ese alto nivel educativo aumenta la frustración de la población en la medida en que las personas comprueban que la educación y el esfuerzo individual no traen aparejado un mejor nivel de vida, dado que el salario promedio de los cubanos graduados en las universidades no excede los veinticinco dólares mensuales.

Pese a la penuria general en la que viven los cubanos, sometidos al racionamiento y a las mayores carencias, el país posee un extendido sistema de salud, atendido, en general, por médicos competentes, dato que se confirma en los buenos índices sanitarios en materia de criaturas nacidas vivas, longevidad y mortandad. Lamentablemente junto a esta estructura médica hay una casi total carencia de medicinas, equipos y material, al extremo de que los pacientes muchas veces tienen que llevar sus propias sábanas y en los salones de cirugía faltan el hilo de sutura y los jabones, mientras suele escasear hasta la anestesia.

Las manifestaciones culturales, siempre muy reguladas por el Estado y regidas por el principio dictado por Castro en 1961 de que «fuera de la revolución, nada», ha cultivado con cierta intensidad (aunque sin demasiado éxito) el cine, la danza, la música y la literatura, pero inevitablemente en medio de tensiones causadas por las protestas de los espíritus independientes, como recuerdan los sonados casos de algunos de los escritores perseguidos como Heberto Padilla, Reinaldo Arenas, María Elena Cruz Varela o Raúl Rivero.

Tal vez en el deporte es donde la revolución ha cosechado sus mejores frutos. Sin embargo, junto a esa innegable verdad, está la de un Estado que se proclama dueño de la voluntad y la vida de sus atletas y no los deja salir al exterior a convertirse en profesionales y perseguir sus propios fines, lo que provoca el espectáculo grotesco de jugadores de béisbol que tienen que escapar en balsa para poder desarrollar su potencial deportivo.


El postcomunismo


Lo probable es que con la desaparición de los hermanos Castro (Fidel tiene 82 años y está muy enfermo, Raúl cumplió 77 y también circulan rumores sobre su castigado hígado) el comunismo cubano llegará a su fin. Por cuatro razones básicas:

—Porque en Cuba no hay otro heredero y las instituciones del sistema —el Partido y el Parlamento fundamentalmente— son cascarones vacíos, carentes de cualquier elemento de legitimidad que les permita transmitir la autoridad de una forma aceptable para el conjunto de la sociedad y para la propia estructura de poder.
—Porque esa estructura de poder ya no cree en el sistema, como confirman una y otra vez los desertores de alto rango o los familiares de los dirigentes que logran salir del país. Medio siglo de fracasos es un período demasiado largo para que cualquier persona medianamente inteligente pueda mantener la fe en ese desastre.
—Porque un país no puede excluirse permanentemente de la influencia de su entorno. Tras la desaparición de la URSS y la conversión de China a un capitalismo salvaje de partido único, el comunismo dejó de ser una opción viable en el mundo contemporáneo. Cuba no puede ser permanentemente la excepción marxista-leninista en una época en la que ese modelo se extinguió por su propia crueldad e incapacidad.
—Porque los cubanos saben que hay salida a la crisis. No ignoran que en el momento en que comience la transición el país va a recibir una ayuda caudalosa de Estados Unidos y del resto del primer mundo, lo que permitirá que la sociedad vea a muy corto plazo las consecuencias positivas del cambio.

Obviamente la recuperación de Cuba no será sencilla, como no lo ha sido en ninguno de los países que abandonaron el comunismo en Europa, pero la infusión de capital económico, junto al notable capital humano con que cuenta la isla aunados tras un cambio de sistema, auguran un futuro muy prometedor para los cubanos si consiguen un grado razonable de sosiego político. Cuando se llegue a ese punto, va a parecer casi inexplicable que durante cincuenta años tres generaciones de cubanos vieron cómo sus vidas se consumían al calor del error, la dictadura y la sinrazón de la revolución.