martes, 2 de diciembre de 2008

La importancia del debate

por Alberto Benegas Lynch (h)- Tomado de http://www.elcato.org


El punto de partida se instala en lo dicho por Einstein en cuanto a que “todos somos ignorantes, solo que en temas diferentes”, a lo que cabe agregar que también en el área en la que creemos saber, nuestros conocimientos son por cierto muy limitados. Karl Popper nos ha enseñado modestia y humildad. Este colosal filósofo de la ciencia explica que todas las posiciones tienen el carácter de la provisionalidad y debemos estar abiertos a posibles refutaciones, y que cuando una posición se refuta da lugar a un nuevo salto cuántico en el reservorio de la humanidad. Escribe Popper que navegamos en un mar de ignorancia y que los pequeños islotes de conocimientos sobre el que nos paramos resultan de un trabajoso y por momentos azaroso peregrinaje de prueba y error.


Sucede como con los textos que escribimos, decía Borges —citándolo a Alfonso Reyes— que “como no hay texto perfecto, si no publicamos nos pasamos la vida corrigiendo borradores”. La perfección no está al alcance de los mortales. Somos seres limitados e ignorantes que necesitamos de la confrontación de teorías rivales para progresar en la gesta parturienta del conocimiento.

Curiosamente cuando comencé mi colegio en Estados Unidos y, mucho más adelante, cuando estuve becado para seminarios de posgrado en el mismo país, el primer día de clase, en ambos casos, el profesor dibujó dos círculos de diámetro distinto en el pizarrón. En los dos casos nos dijeron a los alumnos que esos círculos representaban el conocimiento y el resto del pizarrón la ignorancia. A continuación nos pidieron que observáramos cuanto más estaba expuesto el círculo de radio mayor a las tinieblas de lo desconocido. En otros términos: cuanto más se sabe más conciente se está de la propia ignorancia.

A diferencia de lo que viene ocurriendo desde tiempo inmemorial en el mundo anglosajón, en medios latinoamericanos recién ahora se nota una actitud receptiva a la crítica, incluso en ámbitos académicos donde hasta no hace mucho el espíritu crítico se tomaba a mal en lugar de verse como una contribución valiosa al mejoramiento del trabajo que se discutía.

La duda, el interrogante y la apertura a la posible refutación constituyen condiciones esenciales para el progreso (precisamente, uno de mis libros se titula El juicio crítico como progreso, Editorial Sudamericana, 1996). Esta reflexión para nada implica adherir al relativismo epistemológico puesto que la búsqueda de la verdad y la incorporación de partículas de ella presupone la posibilidad de que el juicio concuerde con el objeto juzgado. De lo contrario —si no hubiera tal cosa como proposiciones verdaderas o proposiciones falsas— tal como nos dice Albert Camus, solo prevalecería la fuerza y, además, ya no tendrían razón de ser los departamentos de investigación ni las mismas universidades puesto que no habría verdades que descubrir y nada que averiguar y desentrañar.

Los debates abiertos son el medio indispensable y vital para confrontar distintas perspectivas y clarificar caminos. Hasta el momento, no he visto un pensamiento más fértil que exprese de mejor manera la ganancia para la alforja del ser humano que el expresado en el periódico Perfil por Jorge Fontevecchia : “En la discusión el que pierde gana porque se lleva la razón del otro”. Nada resume mejor el espíritu popperiano y el respeto por la opinión del otro.
La idea liberal se basa en un concepto abierto y en permanente evolución. Por eso me atrae tanto el lema de la Royal Society de Londres: nullius in verba, tomado de un verso de Horacio que significa que no hay palabras finales. Por eso me disgusta tanto la palabreja “ideología”, no en el sentido inocente del diccionario en cuanto a conjunto de ideas, ni siquiera en el sentido marxista de “falsa conciencia de clase” sino en el sentido más difundido de algo cerrado, impenetrable e inexpugnable. Por eso hace ya mucho tempo escribí un artículo en La Nación titulado “El liberalismo como anti-ideologia”.

Debemos estar alertas y en guardia con los planificadores y constructores de sociedades que, en lugar de sacar partida del conocimiento fraccionado y disperso, concentran ignorancia en ampulosos comités de “expertos”. Por eso también me resulta tan atractivo el título del libro de Ángel Castro Cid: Organismos internacionales, expertos y otras plagas de este siglo.